Cuento
Y Tito se animó
Eran tiempos difíciles,
la pucha si eran difíciles. Primer año no era nada fácil. De golpe habíamos
pasado de tener pocas materias y una señorita a un montón de materias
diferentes y varios profesores y profesoras. No, no eran tiempos fáciles. La
vida avanza como un tren imparable que va cruzando estaciones raudamente. Y la pre
adolescencia estaba en su máxima expresión en nosotros. Y claro, lo que para un
chico de catorce es un drama existencial, no era nada en comparación con la
realidad que vivía el país en esos años. Corría 1973, año de convulsiones
sociales, políticas, económicas, y para peor, de violencia que iba escalando
dramáticamente. Eran épocas donde la guerrilla desafiaba todos los límites,
derribando todos los muros de la lógica y la cordura. Por esos meses habían
ocurrido una sucesión importante de amenazas reales y no reales de bombas a
colegios. Si, a colegios! Donde estudian chicos absolutamente inocentes y maestros cumpliendo tareas casi sacras.
Nosotros, sumidos en esa difícil etapa donde angustias y temores florecían frente
a estos cambios pedagógicos y metodológicos, no éramos ajenos a los comentarios
preocupados de nuestros padres y a las noticias que siempre sonaban en el
televisor a la hora del almuerzo. Y mientras nosotros disfrutábamos y
padecíamos esa edad de cambios drásticos y diversiones inocentes, los adultos
se sumían en el estupor y la angustia de ver a su país que se iba sumiendo en
una realidad oscura, anárquica, violenta, riesgosa.
- Goma!
Vení! Grité en el recreo al Gnomo,
compañero desde jardín de infantes y hermano de la vida. Era el recreo largo de media mañana de un viernes
de mayo. De lejos lo vi mientras terminaba de comer una bolsa de tutuca mirando
una competencia de yo-yo entre otros amigos. Se vino esquivando grupitos de
compañeros que conversaban, corrían, pateaban chapitas, y cambiaban figuritas
en animadas negociaciones. Porque el campeonato metropolitano estaba que ardía
y las figuritas capitalizaban el entusiasmo de los chicos por el futbol.
- Tengo una
idea le dije. Estábamos aburridos, abrumados, con el cansancio propio de los
días viernes, cierre de semana. Porque los chicos también nos abrumábamos,
aunque por motivos más banales que los adultos. Todavía nos quedaba terminar la
mañana y las clases de la tarde. Porque los días escolares terminaban a la 17
hs. Entre las 12 y las 14 hs nosotros volvíamos a casa porque éramos del barrio
y vivíamos cerquita del colegio. A las 14 hs. entrabamos de nuevo, aunque los
viernes nuestro curso entraba a la segunda hora de la tarde.
- que te pasa
Pomelo? Me dijo. Porque ese era el apodo de turno que había ligado luego que el
peluquero, con un corte al ras, le había dado a mi cara una apariencia de redondez
absoluta.
- Escuchame goma, ya se me ocurrió como rajarnos temprano
esta tarde. Tengo una idea. Vamos al baño. Porque el baño era el lugar sagrado
donde se dirimían las cosas importantes. Allí se planeaban las rateadas
colectivas, los más grandes se iniciaban en el vicio del cigarrillo, se hablaba
de chicas. En fin, para los más avanzados, era un lugar liberado donde podían
expresarse libremente en esa edad sagrada del amiguismo. Llegamos al baño,
estaban tres o cuatro grandotes de quinto año, con sus barbas incipientes y su voz gruesa. Esperamos que salieran, no
era bien visto que los interrumpiéramos, y nos metimos al fondo. Eran esos baños
grises, de mesadas oscuras, lavatorios tipo piletas de lavar ropa, con una fila
de mingitorios larga y varios boxes individuales, con paredes que no llegaban
al techo, con inodoros donde uno se entregaba a los ritos milenarios de las
urgencias fisiológicas.
- Escuchame
bien… esto no falla. Hoy nos rajamos a las dos y media!
- Pará boludo! De que me estás hablando? Porque tanto
misterio? Vas a afanar un banco? Me preguntó jocoso con esa cara de turro que
tenía. Porque éramos pícaros, quilomberos, pero no jodidos. Éramos de molestar,
de divertirnos, pero jamás de faltar el respeto. Nuestros viejos nos cocinaban
si pasábamos la raya, así nomás, sin concesiones.
- Contame que carajo estás pensando, me insistió. Yo
estaba en silencio, repasando mentalmente mi plan, y tratando de darle forma
para poder transmitírselo.
- Escuchame bien, repetí. Tengo un plan para rajarnos
temprano. Estoy muerto. No veo la hora de volver a casa y rajar para el club.
Porque esa tarde nos tocaba club. El resto de la semana, después del cole, el
club era la calle, arcos con ladrillos en la cancha que armábamos en plena
calle donde los autos estacionados nos dejaban huecos. Con partidos
interminables, donde la imaginación épica volaba del Camp Nou al Giusseppe
Meazza, de la Bombonera al Monumental, del Maracaná a Wembley. Partidos interrumpidos
permanentemente por el paso de autos y colectivos que obligaban a congelar la
jugada y reanudarla, todo con increíble precisión, hasta que la luz pitaba el
silbato final y nos expulsaba a sentarnos en el cordón de la vereda y reponer
fuerzas en charlas de imaginación infinita, mientras bajábamos pulsaciones y la
transpiración se iba secando, preparando el regreso a casa donde nos esperaba
la temida orden de ir a la ducha y ponerse el pijama.
- Habla de una vez chancho! Me dijo el Gnomo medio desconcertado por mi
silencio.
- La tengo…. Salimos al medio día, almorzamos rápido y
volvemos rajando al cole. Nos encontramos en la puerta, armamos una bomba con
ladrillos y papel de diario, la metemos en el baño de mujeres del primer piso,
y listo! Evacuan el colegio y suspenden las clases! Así nos rajamos tranquilos
a casa. Qué te parece? Soy un genio, agregué, orgulloso de mi ingenio.
- Vos sos o te hacés? Estás en pedo? Disparó el Gnomo.
Tenés fiebre… y amagó con poner su mano en mi frente como hacen nuestras madres
frente a esa posibilidad.
- No tarado, es un plan perfecto. Volví a repasar los lineamientos
secuenciales del plan. El Gnomo me escuchaba con expresión entre pícaro,
excitado y asustado, enmarcado en esa cara lampiña que denunciaba nuestra edad
prepuberal.
- No puede
fallar, aseguré, intentando darle entidad de genialidad a mi plan. En ese
momento sonó la campana. Porque en el colegio había campana, no timbre. Salimos
luego de acordar discutirlo en el recreo corto de las once y de paso meditarlo.
- No puede fallar, insistí ni bien entramos al baño
nuevamente. Agarramos dos ladrillos de la obra de mitad de cuadra, traemos
papel de diario y piolín de casa, hacemos el paquete y lo entramos hasta el baño.
Tenemos entre las dos y las tres menos cuarto para movernos. Facilísimo. Por
entonces no había ningún tipo de control en la puerta del colegio. El viejo
Tomás, el portero histórico, solo estaba de a ratos y solo había que esperar
que fuera a hacer alguna de sus múltiples tareas dejando desierta la entrada. El
Gnomo se entusiasmó y ya introdujo en el plan algunos detalles importantes que
a mí se me habían escapado. Porque ya de chico era muy detallista el tipo.
Acordamos el plan y volvimos a clase al terminar el recreo. La ansiedad y el entusiasmo
iban en aumento.
Salimos a almorzar con la promesa de encontrarnos la una y media en la puerta del colegio. Ahí
estaba siempre Omar, el pochoclero que estacionaba su triciclo carrito color
naranja, con amplios vidrios laterales y techo de madera, repleto de pochoclo,
manzanitas acarameladas, garrapiñada, naranjitas brinco, chicles yum-yum y
otras delicias que nosotros disfrutábamos casi a diario. Claro que muchas veces
lo hacíamos bajo la modalidad de fiado, generando cada tanto, una abultada deuda
que debía ser cancelada por nuestras madres sin ahorrar los retos
correspondientes. Retos que recibíamos generalmente bajo la mirada cómplice de Omar,
que muchas veces y para salvarnos, nos cobraba la mitad de lo gastado. Porque así
era el tipo, un romántico de la vida, apasionado de pedalear el barrio con su
carrito pochoclero, repartiendo alegrías y disfrutando sonrisas de chicos ilusionados
con sus golosinas.
Y allí legamos a la hora señalada, puntuales como
nunca, listos para ejecutar lo planeado. Nos sentíamos James Bond encarando una
de sus misiones imposibles.
- Vamos, dije a
secas. El Gnomo me siguió a la par. Caminamos nerviosos hasta la obra de la
calle estrada, donde se apilaban en la entrada arena y ladrillos, en forma
desordenada. Agarramos nuestro material bélico y seguimos caminando hasta dar
vuelta la esquina y quedar a resguardo de la puerta del colegio, una cuadra
atrás. Nos apoyamos en una verja baja de ladrillos que cerraba un jardín muy
prolijo, y allí comenzamos a armar nuestra imaginaria bomba. Envolvimos prolijamente
los ladrillos con varias hojas del diario “La prensa”, que era el que se leía
en casa. Atamos meticulosamente el
paquete cruzando los hilos en el centro del mismo, lo introdujimos en la
valija del Gnomo y volvimos al colegio rápidamente. La entrada estaba muy
concurrida. Estaban llegando muchos compañeros porque casi era la hora de
entrada. Nosotros teníamos un rato más
producto de la hora libre inicial. Nos quedamos charlando con Omar de fútbol. Boca,
nuestro equipo, era la sensación ese año. Sánchez, Pernía, Rogel, Mouzo,
Potente, Curioni y otros titanes que encarnaban nuestras fantasías, eran las
estrellas del momento. Omar era fana de River, así que nos trenzamos, como siempre,
en bromas, cargadas y chichoneos típicos de los futboleros. Sánchez o Perico Pérez,
Alonso o Potente, Jota Jota López o el chino Benítez, el puma Morete o el
cordobés Curioni. Y así se fueron pasando los minutos. Cuando ya no había nadie
en la puerta, y con la tensión al límite, nos escabullimos juntos dentro del
colegio, subiendo por la escalera de atrás. Porque había una escalera principal
que subía hasta el tercer piso y pasaba frente a secretaría, dirección y sala
de maestros, y una escalera de atrás que también iba hasta el tercer piso. Esta
escalera posterior pasaba, en cada descanso de piso, por la puerta de los baños
tanto de varones como de mujeres. Cruzamos el patio cerca de una de las paredes
laterales para no ser tan evidentes, y subimos raudamente la escalera. Estábamos
agitados, más por la excitación que nos provocaba la picardía que íbamos a
hacer, que por la demanda física de subir de a dos escalones por vez. Llegamos
al segundo piso y enfilamos al baño de mujeres, con la seguridad que no había
nadie ya que las clases habían comenzado hacía pocos minutos. Igualmente nos
paramos en la puerta, golpeamos suavemente para que se escuche solamente allí,
y entramos sigilosamente. Nos fuimos al primer box y colocamos el prolijo
paquete debajo y detrás del inodoro. Había un ligero charquito de agua producto
de una pérdida del depósito de agua, algo habitual en aquellos baños. Una vez
que nos percatamos que el paquete estaba escondido pero visible, salimos
rápidamente y bajamos las escaleras corriendo a mayor velocidad que en la subida.
La ansiedad y la excitación nos empujaban a salir rápidamente. Luego de
percatarnos que el viejo Tomás no estaba en su posición, lo cual hubiera
despertado sospechas, salimos rápidamente buscando el aire fresco que nos
indicaba que nuestro plan ya estaba en marcha. La bomba ya estaba en posición.
Volvimos a charlar un ratito con Omar. Obviamente nadie más que nosotros dos
estaba al tanto de nuestra obra maestra.
Pasaron los minutos y se acercaba nuestra hora de entrada. Nos quedaban veinte
minutos para terminar el plan. Ahora había que avisar, consumar el plan.
Habíamos planeado llamar desde el teléfono público del almacén de don Manuel, justo
en la esquina frente al colegio. Pero no todo plan es perfecto. Olvidamos traer
monedas para hacer la llamada. Porque en esa época los teléfonos públicos
funcionaban con monedas. Pedirle a Omar era una alternativa, pero podía
comprometernos. Los minutos pasaban y la ansiedad y los nervios aumentaban.
Además había que hablar delante de los clientes porque el teléfono estaba
contra una pared sin cabina. Abortar el plan comenzó a ser una alternativa.
- Que hacemos Gnomo? Pregunté nervioso. Mi posición de
líder hasta ese momento, empezaba a resquebrajarse, dudaba. El Gnomo pensaba,
estaba concentrado. Maquinaba.
- Ya sé! Me dijo de golpe, entusiasmado. Tito! Vamos a
lo de Tito…
Tito era un compañero nuestro y amigo, era de la barra,
incondicional. Y casualmente vivía enfrente al colegio, a 30 metros de la
entrada.
- Sos un turro! Cómo se te ocurrió pensar en Tito? Hasta
tiempo después no supe que el muy guacho estaba embalado con su hermana, por
eso lo tenía tan presente. Pero reconozco que fue una salida brillante, propia
de un tipo con recursos como es él. Partimos rápidamente a lo de Tito, cruzando
la calle de adoquines, y tocamos timbre. Justo salía Margarita, su madre. Nos
conocía bien porque nuestras madres eran amigas de la Parroquia.
- Qué hacen
chicos? Preguntó con su sonrisa habitual.
- Nada, por ir
al cole, buscando a Tito.
- Pasen, está en su cuarto preparando las cosas para
el cole. Allí fuimos a paso rápido, conteniendo las piernas que querían correr.
- Tito! Gritó
el Gnomo, tratando de llamar la atención de la casa.
- Que hacen nabos? Pregunto alegremente, porque el
tipo había sacado el carácter de su madre. Nabos era un apodo genérico que
usábamos en forma canchera para saludarnos.
- Tenés que
darnos una mano Tito, dijo el Gnomo. Necesitamos el teléfono.
Dada la situación, nos sentimos en la obligación de explicarle
el motivo, y por ende todo el plan, cosa que el Gnomo, liderando ahora la
pandilla, hizo con lujo de detalles. Pandilla que por el azar y la impericia crecía
con un nuevo integrante. Porque Tito se sumo inmediatamente, fascinado por el
audaz plan, y entusiasmado con evitar el colegio esa tarde. Bajamos las
escaleras los tres en fila, la tensión se hacía sentir.
El teléfono negro, yacía en su esquina, en silencio, con su tubo cruzado descansando
sobre la horquilla, a la espera de llamadas. O de que lo saquen de su letargo
levantando el tubo y destrabando la horquilla que daba inicio al tono de
llamada. Y con su dial giratorio, en forma de rueda, que anunciaba con un ruido
característico el movimiento de cada número discado. Allí estábamos los tres,
frente al aparato. Nos miramos con el Gnomo.
- Llama vos Pomelo! Me dijo abruptamente. Me quedé
paralizado en ese instante. Llamar al colegio, recién caía, era absolutamente
necesario para materializar el plan. Me corrió un frío intenso por la espalda y
se me nubló la mente.
- Yo no! Habla vos que tenes labia, atine a decirle al
Gnomo. Porque el tipo tenía labia en serio. Su cara empalideció y dudó. Tito
escuchaba atrás nuestro y entendió la situación.
- Yo llamo! Dijo excitado y con una sonrisa pícara que
cruzaba su cara. Estaba consumando así su ingreso a la pandilla, su
participación en el plan. Obviamente no habíamos tenido todo esto en cuenta con
el Gnomo. Se nos iba de las manos el control del plan. Pero asentimos sin decir
nada, no había opción, y nos corrimos dándole paso a ese valiente. Las cosas no
siempre son como uno las planea. No siempre. Y los errores de improvisación se
pagan caros. Porque habíamos planificado
todos los detalles. El gnomo era detallista. Pero claro, no era nuestro oficio
ser guerrilleros. Y esto de poner la voz para amenazar excedía nuestra valentía
y nuestra osadía. Pero no la de Tito. Dió el paso al frente que dan los
valientes en situaciones críticas, tomó el tubo del teléfono, lo levantó con
decisión y me miró con determinación.
- Cuál es el número del colegio? Preguntó con firmeza.
Baldazo de agua fría. Desconcierto. Otro detalle no previsto, habíamos omitido
este importante dato. Y en esa época había solo dos caminos para conseguir un
número telefónico. O la guía telefónica o la libreta índice de teléfonos de la
casa.
- Tito, la guía… dijo el gnomo con nerviosismo. Rápidamente
buscamos la guía, que normalmente estaba junto al teléfono. No en lo de Tito.
Alguno de sus nueve hermanos, o varios de ellos, se habían encargado de
transformar la guía en un recuerdo. Vaya a saber dónde o cómo, pero ya no
existía.
- La libre… la libreta… titubeó el Gnomo. Ahí quizás.
Rápidamente Tito volvió el tubo a su posición original y comenzó a buscar la
libreta de teléfonos de Margarita. Debe haber abierto 10 cajones de 3 muebles
distintos. Nada. Fue a la cocina. Nosotros ya paladeábamos el amargo de la frustración
y la desazón. Nuestro plan iba al fracaso y la consecuencia era ir a clases
indefectiblemente. Lo vimos volver sonriente, con aire de triunfo, con un
cuaderno de tapa negra rígida raída, rota en un costado. Se sentó en la silla
al lado del teléfono y comenzó a pasar las hojas del cuaderno humedeciéndose el
dedo índice con la lengua. Estaba destruido el cuaderno, pero aún prestaba sus
servicios. Era un cuaderno índice con 3 páginas por letra. Y allí apareció en
la “C”. Colegio. Estábamos salvados, o eso al menos creíamos. Tito tomó
nuevamente el tubo, se lo calzó entre el hombro y la oreja derecha, manteniendo
las dos manos liberadas, mientras sostenía el cuaderno con su mano izquierda y
comenzaba a discar con el dedo índice derecho. Hacía girar el dial
sucesivamente, enganchando el dedo en cada agujero que correspondía a un número,
según la secuencia que iba leyendo. Nosotros
estábamos a la expectativa, mirándolo concentrados en cada uno de sus
movimientos. Terminó de discar, y quedó a la espera de que lo atiendan del otro
lado. Se escuchaba salir del auricular del tubo el ruido característico de cada
timbre de llamada. Sonaba y nadie atendía. No siempre había gente en secretaría
entre horas. Otro detalle. No todo sale como uno quiere.
- Colegio, buenas tardes… Cortó el silencio la voz del
otro lado de la línea. Era Carlos Román, jefe de celadores y conocido nuestro
por ser jefe de acción católica de la parroquia, a donde concurríamos todos los
fines de semana. Tito respiró, hizo una larga pausa que obligo a Román a
repetir el saludo, y se despacho con su frase detonante…
- JJJJJRrajeeeeen que pusimos una bomba! Le tiro en
forma cortante y seca, impostando la voz para hacerse pasar por un rudo
guerrillero. Y lo dijo así. Tuvo que usar esa palabra, justo esa, que contiene esa
marca registrada suya que no lo acomplejaba en nada. Así nomás….. JJJJJRrajeeeeen!!!!
Porque no nos habíamos acordado que al tipo le patinaba la R, desde siempre. Era
su sello personal. El único de todo el colegio. No nos habíamos percatado de
ese detalle. No señor!. No todo sale como uno lo piensa. Y luego de disparar
esa frase seca y amenazante colgó sin más, sin esperar la reacción de Román.
Ahora en el colegio ya estaban al tanto de la grave
situación, estaban avisados. Solo debíamos esperar. No sabíamos cómo seguía la cosa, pero
empezamos a aflojarnos de la tensión acumulada. Faltaban cinco minutos para que
toque la campana de la segunda hora. Salimos rápidamente los tres hacia el
colegio, el Gnomo y yo algo ansiosos, Tito absolutamente relajado y con su
sonrisa a pleno. Nos paramos un ratito a hablar con Omar, disimulando nuestra
ansiedad, a la espera de la campana de ingreso. Pasaron los cinco minutos, y
otros cinco, y nada. Algo estaba pasando ahí adentro, pero fuera del colegio
nadie sabía absolutamente nada de la grave amenaza en curso. Y sin sonar el
timbre, la puerta se abrió rápidamente, y el viejo Tomas apareció abriendo la
segunda hoja de la puerta de par en par. Y en seguida aparecieron en fila y en
forma ordenada una sucesión de chicos con sus profesores que salían tranquila y despreocupadamente del colegio
hacia la calle, un curso atrás de otro. Las caras conocidas empezaban a
desfilar ininterrumpida e interminablemente frente a nuestros ojos. Estaban
evacuando el colegio. Si. Estaba ocurriendo lo que habíamos buscado. A pesar de
los inconvenientes, el plan estaba saliendo de acuerdo a lo previsto. Román,
parado al costado de la puerta supervisaba la salida de los alumnos con evidente
cara de tensión y de angustia. La llamada de tito había hecho mella en su
persona. Perfecto. El resto salía en forma alegre y tranquila. Evidentemente
pocos sabían de la amenaza y estaban evacuando sin haber explicado la situación
para evitar pánico. Pero no todo sale como uno quiere.
- Vengan para acá!!
Escuchamos una voz seca y autorizada a nuestras espaldas. Nos dimos vuelta y vimos
pegado a nosotros al padre Jorge, rector del colegio y temido por todos
nosotros por su disciplina estricta y su justicia implacable. Lo conocíamos
bien porque era amigo de nuestros padres.
- Vengan para acá!
Repitió. Lo seguimos callados y ordenadamente. Nos fue así llevando hasta una
oficina de recepción que hay al costado de la entrada del colegio. Cerró la
puerta, se paró delante de nosotros tres y comenzó a mirarnos uno por uno. A
los ojos. Hasta el alma. La eternidad se hizo presente en esa oficina. El
silencio comenzó a hacer mella en nuestra confianza, la incomodidad se palpaba.
- Qué hacían en
la puerta del colegio desde tan temprano? Preguntó con esa precisión quirúrgica
que lo caracterizaba. Y fue más incisivo aún… Porque no estaban en sus casas en
ese horario?
Se nos vino el mundo encima…. Yo, que era más encarador,
contesté inmediatamente y con la voz más firme que podía conseguir.
- Nosotros no
fuimos! Disparé.
- No fueron qué?
Contestó inmediatamente el agudo Rector con firmeza. Algo no sonaba bien en su
tono.
- Nosotros no
pusimos la bomba!!! Dije confirmando mi respuesta e intentando deslindar cualquier responsabilidad frente a
este vandálico hecho. Inmediatamente la cara del rector se aflojó levemente,
esbozo una leve mueca como intentando una sonrisa macabra.
- Qué bomba?
Preguntó en forma irónica, saboreando el jaque mate que tenía delante de sus
ojos. Cómo saben que pusieron una bomba en el colegio? Ya era evidente que algo
no cerraba en la explicación de los hechos. El silencio se escuchaba mientras
el cura nos escrutaba con sus ojos profundos mirando de a uno por vez, y de
arriba abajo. Era un fusilamiento virtual. Solo atiné a contestar, en una
precaria forma de auto defensa, y tratando de ser convincente.
- Lo escuchamos
recién padre…
- Que extraño…
retrucó con su autoridad intacta. Vean alumnos… Es muy extraño, porque nadie sabía
nada.
- Alguien por teléfono
llamó pasando un mensaje extraño, algo así como que había una bomba y que había
que evacuar el colegio. Mandé a Román a revisar los baños y allí vió un
elemento sospechoso. Yo le ordené ir curso por curso avisando que debían bajar
inmediatamente, sin explicaciones. Solo él y yo sabíamos la causa real.
Retírense ahora y vuelvan con sus cursos por favor, nos dijo en tono ya más
conciliador.
Nos conocía bien ya que era amigo de nuestros padres. Abrió
la puerta y nos hizo salir. Estoicamente caminamos hacia la salida sin mirar al
cura, nuestra dignidad no nos lo permitía. Solamente alcanzamos a escuchar a lo
lejos su voz, como queriendo que lo escuchemos, que decía…
- Además es extraño,
al tipo que llamó le patinaba la R… Es muy extraño!, y cerró la puerta esbozando una sonrisa.
Cinco minutos después
empezaron a entrar todos de nuevo al colegio y las clases se reanudaron.
Obviamente con nosotros adentro. Subimos las escaleras con la cabeza gacha,
contando escalones, saboreando el amargo de la frustración y con un gran temor
a ser sancionados si se avanzaba con la investigación del grave hecho. Llegamos
al curso, nos acomodamos en nuestros bancos.
- Saquen una hoja alumnos…
3 Sept. 2015
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