lunes, 22 de abril de 2019


Cuento

Y Tito se animó

Eran  tiempos difíciles, la pucha si eran difíciles. Primer año no era nada fácil. De golpe habíamos pasado de tener pocas materias y una señorita a un montón de materias diferentes y varios profesores y profesoras. No, no eran tiempos fáciles. La vida avanza como un tren imparable que va cruzando estaciones raudamente. Y la pre adolescencia estaba en su máxima expresión en nosotros. Y claro, lo que para un chico de catorce es un drama existencial, no era nada en comparación con la realidad que vivía el país en esos años. Corría 1973, año de convulsiones sociales, políticas, económicas, y para peor, de violencia que iba escalando dramáticamente. Eran épocas donde la guerrilla desafiaba todos los límites, derribando todos los muros de la lógica y la cordura. Por esos meses habían ocurrido una sucesión importante de amenazas reales y no reales de bombas a colegios. Si, a colegios! Donde estudian chicos absolutamente inocentes  y maestros cumpliendo tareas casi sacras. Nosotros, sumidos en esa difícil etapa donde angustias y temores florecían frente a estos cambios pedagógicos y metodológicos, no éramos ajenos a los comentarios preocupados de nuestros padres y a las noticias que siempre sonaban en el televisor a la hora del almuerzo. Y mientras nosotros disfrutábamos y padecíamos esa edad de cambios drásticos y diversiones inocentes, los adultos se sumían en el estupor y la angustia de ver a su país que se iba sumiendo en una realidad oscura, anárquica, violenta, riesgosa.
-  Goma! Vení!  Grité en el recreo al Gnomo, compañero desde jardín de infantes y hermano de la vida. Era  el recreo largo de media mañana de un viernes de mayo. De lejos lo vi mientras terminaba de comer una bolsa de tutuca mirando una competencia de yo-yo entre otros amigos. Se vino esquivando grupitos de compañeros que conversaban, corrían, pateaban chapitas, y cambiaban figuritas en animadas negociaciones. Porque el campeonato metropolitano estaba que ardía y las figuritas capitalizaban el entusiasmo de los chicos por el futbol.
 - Tengo una idea le dije. Estábamos aburridos, abrumados, con el cansancio propio de los días viernes, cierre de semana. Porque los chicos también nos abrumábamos, aunque por motivos más banales que los adultos. Todavía nos quedaba terminar la mañana y las clases de la tarde. Porque los días escolares terminaban a la 17 hs. Entre las 12 y las 14 hs nosotros volvíamos a casa porque éramos del barrio y vivíamos cerquita del colegio. A las 14 hs. entrabamos de nuevo, aunque los viernes nuestro curso entraba a la segunda hora de la tarde.
-  que te pasa Pomelo? Me dijo. Porque ese era el apodo de turno que había ligado luego que el peluquero, con un corte al ras, le había dado a mi cara una apariencia de redondez absoluta.
- Escuchame goma, ya se me ocurrió como rajarnos temprano esta tarde. Tengo una idea. Vamos al baño. Porque el baño era el lugar sagrado donde se dirimían las cosas importantes. Allí se planeaban las rateadas colectivas, los más grandes se iniciaban en el vicio del cigarrillo, se hablaba de chicas. En fin, para los más avanzados, era un lugar liberado donde podían expresarse libremente en esa edad sagrada del amiguismo. Llegamos al baño, estaban tres o cuatro grandotes de quinto año, con sus barbas incipientes  y su voz gruesa. Esperamos que salieran, no era bien visto que los interrumpiéramos, y nos metimos al fondo. Eran esos baños grises, de mesadas oscuras, lavatorios tipo piletas de lavar ropa, con una fila de mingitorios larga y varios boxes individuales, con paredes que no llegaban al techo, con inodoros donde uno se entregaba a los ritos milenarios de las urgencias fisiológicas.
-  Escuchame bien… esto no falla. Hoy nos rajamos a las dos y media!
- Pará boludo! De que me estás hablando? Porque tanto misterio? Vas a afanar un banco? Me preguntó jocoso con esa cara de turro que tenía. Porque éramos pícaros, quilomberos, pero no jodidos. Éramos de molestar, de divertirnos, pero jamás de faltar el respeto. Nuestros viejos nos cocinaban si pasábamos la raya, así nomás, sin concesiones.
- Contame que carajo estás pensando, me insistió. Yo estaba en silencio, repasando mentalmente mi plan, y tratando de darle forma para poder transmitírselo.
- Escuchame bien, repetí. Tengo un plan para rajarnos temprano. Estoy muerto. No veo la hora de volver a casa y rajar para el club. Porque esa tarde nos tocaba club. El resto de la semana, después del cole, el club era la calle, arcos con ladrillos en la cancha que armábamos en plena calle donde los autos estacionados nos dejaban huecos. Con partidos interminables, donde la imaginación épica volaba del Camp Nou al Giusseppe Meazza, de la Bombonera al Monumental, del Maracaná a Wembley. Partidos interrumpidos permanentemente por el paso de autos y colectivos que obligaban a congelar la jugada y reanudarla, todo con increíble precisión, hasta que la luz pitaba el silbato final y nos expulsaba a sentarnos en el cordón de la vereda y reponer fuerzas en charlas de imaginación infinita, mientras bajábamos pulsaciones y la transpiración se iba secando, preparando el regreso a casa donde nos esperaba la temida orden de ir a la ducha y ponerse el pijama.
- Habla de una vez chancho!  Me dijo el Gnomo medio desconcertado por mi silencio.
- La tengo…. Salimos al medio día, almorzamos rápido y volvemos rajando al cole. Nos encontramos en la puerta, armamos una bomba con ladrillos y papel de diario, la metemos en el baño de mujeres del primer piso, y listo! Evacuan el colegio y suspenden las clases! Así nos rajamos tranquilos a casa. Qué te parece? Soy un genio, agregué, orgulloso de mi ingenio.
- Vos sos o te hacés? Estás en pedo? Disparó el Gnomo. Tenés fiebre… y amagó con poner su mano en mi frente como hacen nuestras madres frente a esa posibilidad.
- No tarado, es un plan perfecto. Volví a repasar los lineamientos secuenciales del plan. El Gnomo me escuchaba con expresión entre pícaro, excitado y asustado, enmarcado en esa cara lampiña que denunciaba nuestra edad prepuberal.
-  No puede fallar, aseguré, intentando darle entidad de genialidad a mi plan. En ese momento sonó la campana. Porque en el colegio había campana, no timbre. Salimos luego de acordar discutirlo en el recreo corto de las once y de paso meditarlo.
- No puede fallar, insistí ni bien entramos al baño nuevamente. Agarramos dos ladrillos de la obra de mitad de cuadra, traemos papel de diario y piolín de casa, hacemos el paquete y lo entramos hasta el baño. Tenemos entre las dos y las tres menos cuarto para movernos. Facilísimo. Por entonces no había ningún tipo de control en la puerta del colegio. El viejo Tomás, el portero histórico, solo estaba de a ratos y solo había que esperar que fuera a hacer alguna de sus múltiples tareas dejando desierta la entrada. El Gnomo se entusiasmó y ya introdujo en el plan algunos detalles importantes que a mí se me habían escapado. Porque ya de chico era muy detallista el tipo. Acordamos el plan y volvimos a clase al terminar el recreo. La ansiedad y el entusiasmo iban en aumento.
Salimos a almorzar con la promesa de encontrarnos  la una y media en la puerta del colegio. Ahí estaba siempre Omar, el pochoclero que estacionaba su triciclo carrito color naranja, con amplios vidrios laterales y techo de madera, repleto de pochoclo, manzanitas acarameladas, garrapiñada, naranjitas brinco, chicles yum-yum y otras delicias que nosotros disfrutábamos casi a diario. Claro que muchas veces lo hacíamos bajo la modalidad de fiado, generando cada tanto, una abultada deuda que debía ser cancelada por nuestras madres sin ahorrar los retos correspondientes. Retos que recibíamos generalmente bajo la mirada cómplice de Omar, que muchas veces y para salvarnos, nos cobraba la mitad de lo gastado. Porque así era el tipo, un romántico de la vida, apasionado de pedalear el barrio con su carrito pochoclero, repartiendo alegrías y disfrutando sonrisas de chicos ilusionados con sus golosinas.
Y allí legamos a la hora señalada, puntuales como nunca, listos para ejecutar lo planeado. Nos sentíamos James Bond encarando una de sus misiones imposibles.
-  Vamos, dije a secas. El Gnomo me siguió a la par. Caminamos nerviosos hasta la obra de la calle estrada, donde se apilaban en la entrada arena y ladrillos, en forma desordenada. Agarramos nuestro material bélico y seguimos caminando hasta dar vuelta la esquina y quedar a resguardo de la puerta del colegio, una cuadra atrás. Nos apoyamos en una verja baja de ladrillos que cerraba un jardín muy prolijo, y allí comenzamos a armar nuestra imaginaria bomba. Envolvimos prolijamente los ladrillos con varias hojas del diario “La prensa”, que era el que se leía en casa.  Atamos meticulosamente el paquete cruzando  los hilos  en el centro del mismo, lo introdujimos en la valija del Gnomo y volvimos al colegio rápidamente. La entrada estaba muy concurrida. Estaban llegando muchos compañeros porque casi era la hora de entrada. Nosotros teníamos un  rato más producto de la hora libre inicial. Nos quedamos charlando con Omar de fútbol. Boca, nuestro equipo, era la sensación ese año. Sánchez, Pernía, Rogel, Mouzo, Potente, Curioni y otros titanes que encarnaban nuestras fantasías, eran las estrellas del momento. Omar era fana de River, así que nos trenzamos, como siempre, en bromas, cargadas y chichoneos típicos de los futboleros. Sánchez o Perico Pérez, Alonso o Potente, Jota Jota López o el chino Benítez, el puma Morete o el cordobés Curioni. Y así se fueron pasando los minutos. Cuando ya no había nadie en la puerta, y con la tensión al límite, nos escabullimos juntos dentro del colegio, subiendo por la escalera de atrás. Porque había una escalera principal que subía hasta el tercer piso y pasaba frente a secretaría, dirección y sala de maestros, y una escalera de atrás que también iba hasta el tercer piso. Esta escalera posterior pasaba, en cada descanso de piso, por la puerta de los baños tanto de varones como de mujeres. Cruzamos el patio cerca de una de las paredes laterales para no ser tan evidentes, y subimos raudamente la escalera. Estábamos agitados, más por la excitación que nos provocaba la picardía que íbamos a hacer, que por la demanda física de subir de a dos escalones por vez. Llegamos al segundo piso y enfilamos al baño de mujeres, con la seguridad que no había nadie ya que las clases habían comenzado hacía pocos minutos. Igualmente nos paramos en la puerta, golpeamos suavemente para que se escuche solamente allí, y entramos sigilosamente. Nos fuimos al primer box y colocamos el prolijo paquete debajo y detrás del inodoro. Había un ligero charquito de agua producto de una pérdida del depósito de agua, algo habitual en aquellos baños. Una vez que nos percatamos que el paquete estaba escondido pero visible, salimos rápidamente y bajamos las escaleras corriendo a mayor velocidad que en la subida. La ansiedad y la excitación nos empujaban a salir rápidamente. Luego de percatarnos que el viejo Tomás no estaba en su posición, lo cual hubiera despertado sospechas, salimos rápidamente buscando el aire fresco que nos indicaba que nuestro plan ya estaba en marcha. La bomba ya estaba en posición. Volvimos a charlar un ratito con Omar. Obviamente nadie más que nosotros dos estaba al tanto de  nuestra obra maestra. Pasaron los minutos y se acercaba nuestra hora de entrada. Nos quedaban veinte minutos para terminar el plan. Ahora había que avisar, consumar el plan. Habíamos planeado llamar desde el teléfono público del almacén de don Manuel, justo en la esquina frente al colegio. Pero no todo plan es perfecto. Olvidamos traer monedas para hacer la llamada. Porque en esa época los teléfonos públicos funcionaban con monedas. Pedirle a Omar era una alternativa, pero podía comprometernos. Los minutos pasaban y la ansiedad y los nervios aumentaban. Además había que hablar delante de los clientes porque el teléfono estaba contra una pared sin cabina. Abortar el plan comenzó a ser una alternativa.
- Que hacemos Gnomo? Pregunté nervioso. Mi posición de líder hasta ese momento, empezaba a resquebrajarse, dudaba. El Gnomo pensaba, estaba concentrado. Maquinaba.
- Ya sé! Me dijo de golpe, entusiasmado. Tito! Vamos a lo de Tito…
Tito era un compañero nuestro y amigo, era de la barra, incondicional. Y casualmente vivía enfrente al colegio, a 30 metros de la entrada.
- Sos un turro! Cómo se te ocurrió pensar en Tito? Hasta tiempo después no supe que el muy guacho estaba embalado con su hermana, por eso lo tenía tan presente. Pero reconozco que fue una salida brillante, propia de un tipo con recursos como es él. Partimos rápidamente a lo de Tito, cruzando la calle de adoquines, y tocamos timbre. Justo salía Margarita, su madre. Nos conocía bien porque nuestras madres eran amigas de la Parroquia.
-  Qué hacen chicos? Preguntó con su sonrisa habitual.
-  Nada, por ir al cole, buscando a Tito.
- Pasen, está en su cuarto preparando las cosas para el cole. Allí fuimos a paso rápido, conteniendo las piernas que querían correr.
-  Tito! Gritó el Gnomo, tratando de llamar la atención de la casa.
- Que hacen nabos? Pregunto alegremente, porque el tipo había sacado el carácter de su madre. Nabos era un apodo genérico que usábamos en forma canchera para saludarnos.
-  Tenés que darnos una mano Tito, dijo el Gnomo. Necesitamos el teléfono.
Dada la situación, nos sentimos en la obligación de explicarle el motivo, y por ende todo el plan, cosa que el Gnomo, liderando ahora la pandilla, hizo con lujo de detalles. Pandilla que por el azar y la impericia crecía con un nuevo integrante. Porque Tito se sumo inmediatamente, fascinado por el audaz plan, y entusiasmado con evitar el colegio esa tarde. Bajamos las escaleras los tres en fila, la tensión se hacía sentir.
El teléfono negro, yacía en su esquina, en  silencio, con su tubo cruzado descansando sobre la horquilla, a la espera de llamadas. O de que lo saquen de su letargo levantando el tubo y destrabando la horquilla que daba inicio al tono de llamada. Y con su dial giratorio, en forma de rueda, que anunciaba con un ruido característico el movimiento de cada número discado. Allí estábamos los tres, frente al aparato. Nos miramos con el Gnomo.
- Llama vos Pomelo! Me dijo abruptamente. Me quedé paralizado en ese instante. Llamar al colegio, recién caía, era absolutamente necesario para materializar el plan. Me corrió un frío intenso por la espalda y se me nubló la mente.
- Yo no! Habla vos que tenes labia, atine a decirle al Gnomo. Porque el tipo tenía labia en serio. Su cara empalideció y dudó. Tito escuchaba atrás nuestro y entendió la situación.
- Yo llamo! Dijo excitado y con una sonrisa pícara que cruzaba su cara. Estaba consumando así su ingreso a la pandilla, su participación en el plan. Obviamente no habíamos tenido todo esto en cuenta con el Gnomo. Se nos iba de las manos el control del plan. Pero asentimos sin decir nada, no había opción, y nos corrimos dándole paso a ese valiente. Las cosas no siempre son como uno las planea. No siempre. Y los errores de improvisación se pagan caros.  Porque habíamos planificado todos los detalles. El gnomo era detallista. Pero claro, no era nuestro oficio ser guerrilleros. Y esto de poner la voz para amenazar excedía nuestra valentía y nuestra osadía. Pero no la de Tito. Dió el paso al frente que dan los valientes en situaciones críticas, tomó el tubo del teléfono, lo levantó con decisión y me miró con determinación.
- Cuál es el número del colegio? Preguntó con firmeza. Baldazo de agua fría. Desconcierto. Otro detalle no previsto, habíamos omitido este importante dato. Y en esa época había solo dos caminos para conseguir un número telefónico. O la guía telefónica o la libreta índice de teléfonos de la casa.
- Tito, la guía… dijo el gnomo con nerviosismo. Rápidamente buscamos la guía, que normalmente estaba junto al teléfono. No en lo de Tito. Alguno de sus nueve hermanos, o varios de ellos, se habían encargado de transformar la guía en un recuerdo. Vaya a saber dónde o cómo, pero ya no existía.
- La libre… la libreta… titubeó el Gnomo. Ahí quizás. Rápidamente Tito volvió el tubo a su posición original y comenzó a buscar la libreta de teléfonos de Margarita. Debe haber abierto 10 cajones de 3 muebles distintos. Nada. Fue a la cocina. Nosotros ya paladeábamos el amargo de la frustración y la desazón. Nuestro plan iba al fracaso y la consecuencia era ir a clases indefectiblemente. Lo vimos volver sonriente, con aire de triunfo, con un cuaderno de tapa negra rígida raída, rota en un costado. Se sentó en la silla al lado del teléfono y comenzó a pasar las hojas del cuaderno humedeciéndose el dedo índice con la lengua. Estaba destruido el cuaderno, pero aún prestaba sus servicios. Era un cuaderno índice con 3 páginas por letra. Y allí apareció en la “C”. Colegio. Estábamos salvados, o eso al menos creíamos. Tito tomó nuevamente el tubo, se lo calzó entre el hombro y la oreja derecha, manteniendo las dos manos liberadas, mientras sostenía el cuaderno con su mano izquierda y comenzaba a discar con el dedo índice derecho. Hacía girar el dial sucesivamente, enganchando el dedo en cada agujero que correspondía a un número, según la secuencia que iba leyendo. Nosotros  estábamos a la expectativa, mirándolo concentrados en cada uno de sus movimientos. Terminó de discar, y quedó a la espera de que lo atiendan del otro lado. Se escuchaba salir del auricular del tubo el ruido característico de cada timbre de llamada. Sonaba y nadie atendía. No siempre había gente en secretaría entre horas. Otro detalle. No todo sale como uno quiere.
- Colegio, buenas tardes… Cortó el silencio la voz del otro lado de la línea. Era Carlos Román, jefe de celadores y conocido nuestro por ser jefe de acción católica de la parroquia, a donde concurríamos todos los fines de semana. Tito respiró, hizo una larga pausa que obligo a Román a repetir el saludo, y se despacho con su frase detonante…
- JJJJJRrajeeeeen que pusimos una bomba! Le tiro en forma cortante y seca, impostando la voz para hacerse pasar por un rudo guerrillero. Y lo dijo así. Tuvo que usar esa palabra, justo esa, que contiene esa marca registrada suya que no lo acomplejaba en nada. Así nomás….. JJJJJRrajeeeeen!!!! Porque no nos habíamos acordado que al tipo le patinaba la R, desde siempre. Era su sello personal. El único de todo el colegio. No nos habíamos percatado de ese detalle. No señor!. No todo sale como uno lo piensa. Y luego de disparar esa frase seca y amenazante colgó sin más, sin esperar la reacción de Román.
Ahora en el colegio ya estaban al tanto de la grave situación, estaban avisados. Solo debíamos esperar.  No sabíamos cómo seguía la cosa, pero empezamos a aflojarnos de la tensión acumulada. Faltaban cinco minutos para que toque la campana de la segunda hora. Salimos rápidamente los tres hacia el colegio, el Gnomo y yo algo ansiosos, Tito absolutamente relajado y con su sonrisa a pleno. Nos paramos un ratito a hablar con Omar, disimulando nuestra ansiedad, a la espera de la campana de ingreso. Pasaron los cinco minutos, y otros cinco, y nada. Algo estaba pasando ahí adentro, pero fuera del colegio nadie sabía absolutamente nada de la grave amenaza en curso. Y sin sonar el timbre, la puerta se abrió rápidamente, y el viejo Tomas apareció abriendo la segunda hoja de la puerta de par en par. Y en seguida aparecieron en fila y en forma ordenada una sucesión de chicos con sus profesores que salían  tranquila y despreocupadamente del colegio hacia la calle, un curso atrás de otro. Las caras conocidas empezaban a desfilar ininterrumpida e interminablemente frente a nuestros ojos. Estaban evacuando el colegio. Si. Estaba ocurriendo lo que habíamos buscado. A pesar de los inconvenientes, el plan estaba saliendo de acuerdo a lo previsto. Román, parado al costado de la puerta supervisaba la salida de los alumnos con evidente cara de tensión y de angustia. La llamada de tito había hecho mella en su persona. Perfecto. El resto salía en forma alegre y tranquila. Evidentemente pocos sabían de la amenaza y estaban evacuando sin haber explicado la situación para evitar pánico. Pero no todo sale como uno quiere.
-  Vengan para acá!! Escuchamos una voz seca y autorizada a nuestras espaldas. Nos dimos vuelta y vimos pegado a nosotros al padre Jorge, rector del colegio y temido por todos nosotros por su disciplina estricta y su justicia implacable. Lo conocíamos bien porque era amigo de nuestros padres.
-  Vengan para acá! Repitió. Lo seguimos callados y ordenadamente. Nos fue así llevando hasta una oficina de recepción que hay al costado de la entrada del colegio. Cerró la puerta, se paró delante de nosotros tres y comenzó a mirarnos uno por uno. A los ojos. Hasta el alma. La eternidad se hizo presente en esa oficina. El silencio comenzó a hacer mella en nuestra confianza, la incomodidad se palpaba.
-  Qué hacían en la puerta del colegio desde tan temprano? Preguntó con esa precisión quirúrgica que lo caracterizaba. Y fue más incisivo aún… Porque no estaban en sus casas en ese horario?
Se nos vino el mundo encima…. Yo, que era más encarador, contesté inmediatamente y con la voz más firme que podía conseguir.
-  Nosotros no fuimos! Disparé.
-  No fueron qué? Contestó inmediatamente el agudo Rector con firmeza. Algo no sonaba bien en su tono.
-  Nosotros no pusimos la bomba!!! Dije confirmando mi respuesta e intentando  deslindar cualquier responsabilidad frente a este vandálico hecho. Inmediatamente la cara del rector se aflojó levemente, esbozo una leve mueca como intentando una sonrisa macabra.
-  Qué bomba? Preguntó en forma irónica, saboreando el jaque mate que tenía delante de sus ojos. Cómo saben que pusieron una bomba en el colegio? Ya era evidente que algo no cerraba en la explicación de los hechos. El silencio se escuchaba mientras el cura nos escrutaba con sus ojos profundos mirando de a uno por vez, y de arriba abajo. Era un fusilamiento virtual. Solo atiné a contestar, en una precaria forma de auto defensa, y tratando de ser convincente.
-  Lo escuchamos recién padre…
-  Que extraño… retrucó con su autoridad intacta. Vean alumnos… Es muy extraño, porque nadie sabía nada.
-  Alguien por teléfono llamó pasando un mensaje extraño, algo así como que había una bomba y que había que evacuar el colegio. Mandé a Román a revisar los baños y allí vió un elemento sospechoso. Yo le ordené ir curso por curso avisando que debían bajar inmediatamente, sin explicaciones. Solo él y yo sabíamos la causa real. Retírense ahora y vuelvan con sus cursos por favor, nos dijo en tono ya más conciliador.
Nos conocía bien ya que era amigo de nuestros padres. Abrió la puerta y nos hizo salir. Estoicamente caminamos hacia la salida sin mirar al cura, nuestra dignidad no nos lo permitía. Solamente alcanzamos a escuchar a lo lejos su voz, como queriendo que lo escuchemos, que decía…
-  Además es extraño, al tipo que llamó le patinaba la R… Es muy extraño!,  y cerró la puerta esbozando una sonrisa.
Cinco minutos después  empezaron a entrar todos de nuevo al colegio y las clases se reanudaron. Obviamente con nosotros adentro. Subimos las escaleras con la cabeza gacha, contando escalones, saboreando el amargo de la frustración y con un gran temor a ser sancionados si se avanzaba con la investigación del grave hecho. Llegamos al curso, nos acomodamos en nuestros bancos.
- Saquen una hoja alumnos…

3 Sept. 2015

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