lunes, 27 de septiembre de 2010

Cuento.
La vieja tenía razón 
Juan M. Baeck

La vieja tenía razón. Había que ser obedientes. Pero cuando uno es chico no entiende.
La curiosidad y los desafíos son muy fuertes. Demasiados. Y ahora es tarde. Ya no hay
vuelta atrás. Cada día de mi vida que siguió a ese día me repetí una y otra vez porque
tenía que darle una vuelta más. Si me lo habían dicho. Porque? Y no es que Manuel no
fuera prudente, era muy prudente. Y me lo había advertido. Pero yo era osado,
desafiaba límites. Buscaba siempre un poco más. Estaba en mi esencia. Y la naturaleza
no perdona. Como no perdonó mi curiosidad de esos días frente al regalo tremendo
que los reyes magos le habían hecho a Manuel.
Éramos amigos desde muy chicos, desde que la razón te permite acordarte y
decodificar las relaciones para clasificarlas en categorías. Y Manuel era un amigo. Vivía
a media cuadra de casa y nuestras familias eran muy amigas. Así que nos vimos casi
desde que nacimos. Y el tipo era medio genio, medio científico, medio artista. Era
diferente, de fútbol nada. Y a esa edad, lo nuestro era la pelota, tarde tras tarde. Y eso
hacía que nuestra relación fuera selectiva, de a ratos.
Pero ese juego de química fue un imán, una atracción irresistible, que generó en mí
una curiosidad tremenda que me llevo a olvidarme en esos días de la pelota.
Pasábamos horas detrás de ensayos y de pruebas increíbles, que arrojaban nubes de
colores, olores nauseabundos, y otras reacciones que fascinaban nuestra imaginación.
Hasta logramos comprobar, siguiendo las instrucciones de los manuales que proveía el
juego, que el aceite era más liviano que el agua. Claro, cualquiera dirá, que novedad!
Pero a los 10 años uno no está en esos detalles. Uno va al cole, le hablan de Colón, de
San Martín, le obligan a aprender nombres de capitales, le enseñan a sumar y restar, y
te torturan con las tablas de multiplicar. Porque a quien no lo torturaron con las tablas
esas. A mí me mataba la tabla del siete, todavía hoy me cuesta aún siendo ya abogado.
Y a esa edad uno se desespera por agarrar la calle y darle a la pelota hasta que te gana
el cansancio. Y lo más cerca que uno quería estar de la lectura era hojeando el gráfico
para ver las fotos y los esquemas que te indicaban, con lujo de detalles, como había
sido la jugada del gol de tu equipo. Porque la lectura aún no era el fuerte nuestro.
Y tuvo que ser el genio de Manuel quien frotara la lámpara para que apareciera esa
idea formidable. Porque a esa edad era una genialidad. No sé de donde el tipo averiguo 
como se fabricaba la pólvora. Si, la pólvora. Ese invento milenario que los chinos 
manejaban con tanta sapiencia.
- Te animas a hacer pólvora?, me preguntó esa tarde de enero. Era una tarde de calor
agobiante, típicas de Buenos Aires. Calor que hacia hervir el cemento y se perpetuaba
hasta altas horas de la noche.
- Anda… dejate de hinchar! Como vamos a hacer pólvora? le contesté casi al unísono,
esbozando una leve sonrisa con aires de gastada.
El tipo se rió, con su inocencia infantil. Bajo ese flequillo rubio sus ojos brillaban de
picardía. Sacó del manual del juego de química una hoja blanca con letras negras
chiquitas, y entonces alcancé a ver el titulo… “Capítulo 6. Como fabricar pólvora”.
Guau! Era verdad, no estaba bromeando.
- En serio me lo decís? Se puede? Mi imaginación ya volaba, y mi osadía no me prendía
ninguna alarma en mi mente. Así era yo, inconsciente total.
- Claro, acá esta todo. Me contestó rápidamente, con cierto aire de superioridad
científica. Porque le tipo era un capo para mí. Yo era más básico, más elemental. Pero
él era de avanzada en menesteres de la ciencia y las artes.
Leí rápidamente el papel y mi entusiasmo comenzó a enfriarse. Clorato de algo decía,
azufre en barra y carbón vegetal.
- De donde sacamos estas cosas? Porque el juego de química no traía nada de eso
obviamente. Quién en su sano juicio iba a suponer que dos chiquilines iban a ponerse a
fabricar pólvora?
Pero Manuel era un tipo previsor, planificaba. Ya lo dije, era un adelantado, pichón de
genio.
- Azufre le saque a Mamá, me dijo. Y me mostró dos barritas de azufre, de esas que se
usan para curar la tortícolis, ese dolor tan molesto que cada tanto nos aquejaba. Te
pasaban la barrita por el cuello un rato y si se rompía era porque había absorbido el
aire que te endurecía el cuello. Algo así era la explicación científica que esgrimían los
viejos de la época. Nunca supe si esa explicación tenía validez científica, pero creo que
funcionaba.
- El carbón lo saque de la carbonería de la esquina. Agregó.
A solo metros de su casa había una carbonería muy vieja de barrio, de los Zucchi era,
unos italianos que vendían además de carbón, leña, postes, alambre y no sé cuantas
cosas más. Era un galpón desordenado y sucio, con un espacio enorme justo en la
esquina donde se amontonaba la leña y los postes.
Y ahí creí que el tipo ya se desmoronaba, se le terminaba el verso. De donde iba a
sacar el clorato de no sé qué? Pero casi al unísono con mi pensamiento agregó con
aires de firmeza,
- El clorato de potasio se lo compre a Don Weismann. Y su sonrisa se expandió en la
seguridad de haber cantado Jaque mate, cartón lleno.
Weismann era el farmacéutico del barrio y dueño de la farmacia que estaba a la vuelta
de casa, a la que concurríamos asiduamente. En esa época la farmacia oficiaba de sala
de primeros auxilios. Allí nos recibía paternalmente Don Weismann para hacernos las
primeras curaciones de lastimaduras, cortes, golpes, y otras consecuencias de los
arriesgados juegos que a esa edad practicábamos con la barrita de amigos de la
cuadra. Y si ameritaba alguna curación mayor, derivarnos a donde correspondiera.
Porque ya dije que éramos temerarios y con bastante poca conciencia del peligro.
Pero no hay duda, el tipo era un genio. A los 10 años ya tenía todo planificado y había
conseguido todos los ingredientes. Solo faltaba poner manos a la obra.
Todavía me acuerdo y me sigo preguntando porque me quedé ese día atrapado en
este audaz proyecto. Porque no haber ido esa tarde, con el resto de los chicos, al
habitual picado en la canchita de la calle estrada, programa bastante más acorde con
la edad que teníamos. Los años pasaron rápido, pero la vivencia es fuerte aún. Cada
vez que intento rasgar las cuerdas de mi guitarra me acuerdo de esa tarde. Es un
seguro de recuerdo, no falla.
La vieja, que obviamente nos conocía, ya estaba sospechando de alguna picardía en
proceso. Eran muchas las horas encerrados en lo de Manuel. No era habitual que
faltara a los picados, y menos por tantos días.
- Cuidadito con andar haciendo travesuras por ahí, dijo esa mañana mirándome con
aire de intriga. Ojo que los conozco! Que no me entere! Se puso seria como para darle
un mayor tono de advertencia.
Y las madres son sabias. Tienen ese sexto sentido que te engancha aún antes de hacer
las macanas. Te leen la mente, te escudriñan la cabeza. Y cada vez que te advierten,
zas! Pasa. Así de simple. Y en este caso no fue la excepción.
Nos pusimos manos a la obra, rayamos azufre, pulverizamos carbón, y mezclamos
despacio y metódicamente cada uno de estos ingredientes, formando así el
característico polvo grisáceo. Todo con el mayor de los cuidados, porque sabíamos que
podíamos hacer cagadas dentro de la casa con esto.
Pero eso no era todo. Que íbamos a hacer con la pólvora? hasta ahí yo ni me
cuestionaba el tema. Petardos no podíamos hacer, no sabíamos cómo. Pero ya dije, el
tipo era un genio. Pero un genio en serio.
No sé de dónde había escuchado que si llenaba con pólvora el orificio que queda en la
tuerca a medio enroscar de un bulón, y la compactaba bien, al tirar el bulón al aire y
éste chocar contra el hormigón de la calle, se producía la chispa que detonaba un
explosión fuertísima. No sé de donde lo saco, pero hay que reconocer que era un tipo
de recursos. Y no solo había investigado esta técnica, sino que ya había averiguado
donde conseguir los bulones. Es más , ya los tenía. Ya lo dije, era un tipo de avanzada.
Mientras nosotros jugábamos a la pelota, la tarde previa a ese memorable día, Manuel
se había ido en bici hasta la vía abandonada del ferrocarril mitre, en la estación Borges.
Allí había juntado 3 ó 4 bulones, de los que en esa época yacían tirados a la vera de los
durmientes producto de la reparación de las vías. Porque ese ramal estaba cerrado a
pasajeros, pero dos veces por día pasaba el tren que llevaba carbón a tigre para la
usina eléctrica de entonces. El tipo tenía todo planeado y a medio ejecutar ya. Un
verdadero talento. Un adelantado.
Y rápidamente lanzó el plan. Ni bien cayera la tarde, y las sombras ganaran las calles,
nos íbamos a la vuelta, par de cuadras hacia el río, lejos de nuestras casas y de intrusos
que husmearan y nos delataran. Porque la idea era hacer explotar varias veces
nuestros temidos bulones, de manera de ir perfeccionando la técnica. Obviamente,
nunca lo habíamos hecho antes, así que la ansiedad nos ganaba. El tiempo parecía
detenido, el sol parecía congelarse en lo alto del cielo. No bajaba nunca. Entre charlas,
tele y algún mandado pedido por Quita, mamá de Manuel, se nos fue la tarde y el sol
comenzó a esconderse, alargándose las sombras, requisito previo a su desaparición. Y
así cayó la esperada noche. Estábamos en vacaciones, así que no había demasiado
control de horarios y la hora de la comida se estiraba a la espera que bajara un poco la
temperatura. Raudamente partimos llevando la bolsa transparente que dejaba
traslucir perfectamente el macabro polvo gris. En las manos, los cuatro bulones con
sus respectivas tuercas cada uno. Y con la ilusión intacta de lograr explotar esos
tornillos largos y oxidados, donde costaba enroscar las tuercas, de por si viejas y
maltrechas. Y así llego el momento. Nos acomodamos bajo la luz tenue de un farol de
calle, esas farolas puestas en la mitad de la calle cada 20 ó 30 metros, y que penden de
un cable que cruza de un poste a otro. Así estábamos, sentados en el cordón de la
vereda, con las piernas desnudas y abiertas para dejar el espacio suficiente para
trabajar sobre el cemento de la calle, en la preparación de cada disparo. Porque era
época y edad de pantalones cortos. Lentamente y con extrema concentración,
llenamos cada uno sus bulones con la pólvora perfectamente mezclada, perfectamente
amalgamada. Manuel dirigía la batuta, yo me sentía su discípulo.
- Chequea que la tuerca esté bien afirmada, con una sola vuelta de rosca, y llená con
pólvora, despacio, el agujero que queda... Disparó el jefe como si supiera.
- Le diste sólo una vuelta a la tuerca? Preguntó tenso.
- Si. Contesté secamente. Estaba muy concentrado en mi tarea y no quería cometer
errores.
- Ahora apretala bien con el dedo gordo, compactala bien. Hizo una pausa, como
quien da cátedra. Ya está? Me preguntó.
Asentí con un movimiento de cabeza. Sentía una gota húmeda que recorría la sien
derecha e iba bajando por delante de la oreja. Estábamos todos transpirados. Parte
por el calor de enero y parte por la ansiedad que nos envolvía.
- Ahora viene lo mas crítico, me dijo, y su voz se tensó mas.
Ahora que lo pienso, parecía un adulto en su forma de proceder. Recuerdo cada uno
de sus palabras. Todavía las recuerdo y me pregunto porque no le hicimos caso a la
vieja. Y muy serio completo la frase,
- Dale un cuarto de vuelta de rosca al tornillo, así se aprieta más la pólvora. Esto, me
dijeron, los hace explotar más fuerte. Pero ojo, no te pases, porque puede hacer chispa
y explotar. Me dijeron que es raro pero puede pasar.
No me miraba cuando hablaba, mantenía su vista firme en su bulón. Por otro lado la
luz tenue de la farola obligaba a forzar la vista para no perder detalle.
Pero su última frase hizo mella en mi confianza, y encendió una clara alarma en mi
estómago, que recuerdo se tenso levemente. Obedecí sin hablar, conteniendo el aire.
Tampoco lo miraba, mi vista estaba fija en la tuerca oxidada de mi bulón. Giré
levemente la tuerca hacia la derecha con el dedo pulgar apretando la pólvora. Se
movió ásperamente. Juro que sentí un pequeño chirrido, seguramente del material
oxidado. Pero quien sabe, quizás era mi propia ansiedad que me hacía imaginar eso. El
silencio en la cuadra era llamativo, no habían pasado casi autos en ese tiempo. Quizás
era por la hora, o porque estábamos en vacaciones. Quizás casualidad. Quién sabe.
- Listo, dijo Manuel.
Y se paró con sus dos bulones preparados. Porque el tipo era rápido. En el tiempo que
yo había hecho uno, el tipo ya había armado sus dos bulones. Dejé mi segundo bulón
apoyado en el cordón. No estaba cargado. Caminamos hasta el centro de la calle, bajo
la luz de la farola, y yo tomé la iniciativa. Revoleé para arriba mi bulón cargado, con un
movimiento de muñeca que le imprimió una trayectoria parabólica alta, girando sobre
sí mismo como un tirabuzón. Pasaron unos pocos segundos que para mi fueron una
eternidad, y desde la oscuridad subyacente percibimos un fogonazo seguido de una
fuerte explosión. Seca e intensa. Inmediatamente sentimos el olor característico de la
pólvora quemada. Casi no respirábamos, conteniendo el aliento ante el desenlace.
Inmediatamente corrimos hasta el lugar para recuperar el artefacto y evaluar su
estado. Recuerdo entre sombras la cara de Manuel. Estaba radiante, con una sonrisa
amplia que llenaba su cara, rápidamente rompió en exclamaciones de júbilo. Nos
abrazamos como quien gana la copa del mundo. Porque era todo un logro para
nosotros. No salíamos de nuestro asombro.
Inmediatamente Manuel repitió la maniobra con sus bulones y así repetimos dos series
de explosiones más, de variada intensidad. Evidentemente no todos explotaban de la
misma manera. No había dudas, era todo una ciencia y estábamos dispuestos a
desenmascararla. Quizás tenía que ver con la compactación de la pólvora, con su
mezclado que hacía que las distintas partidas de la bolsa no fueran homogéneas, o
bien con el giro de la tuerca que le daba a la pólvora una mayor penetración entre los
metales. Habíamos logrado detonar nuestros aparatos. La emoción era marcada. La
recuerdo muy bien.
Ojala hubiéramos dejado las cosas allí. Pero éramos osados, desobedientes, queríamos
más, no medíamos riesgos. Preparamos nuevamente nuestras municiones, casi
imaginándonos ser bucaneros cargando sus trabucos antes del abordaje de la nave
enemiga. Porque así era el ritual. Llenar con pólvora, lenta y completamente, el hueco
que dejaba la tuerca del bulón enroscada levemente en el tornillo. Compactarlo con el
dedo pulgar y luego cuidadosamente, con movimientos suaves, apretar la tuerca con el
dedo pulgar encima, dando un cuarto de giro a la misma.
Así, estuvimos un rato lanzando nuestras armas y generando todo tipo de explosiones.
Estábamos absortos en cada uno de los nuevos descubrimientos que nos permitían
mejorar y dominar, más y más, la técnica. Cada tanto algún vecino se asomaba con
curiosidad, porque ya habían pasado varios días desde año nuevo y ya nadie jugaba
con petardos. Los ladridos de los perros de la cuadra nos inquietaban, porque no
dejaban de ser inesperados delatores, y temíamos que desencadenaran el final de
nuestra experiencia por presión de algún vecino alarmado. O peor aún, que algún
vigilante de la comisaría Primera, a escasas 4 cuadras de allí, se apersonara ante las
sospechosas detonaciones.
- Vamos, ya es tarde. Ya deben estar por comer en casa, me dijo Manuel. Su cara
estaba sucia, pegoteada, seguramente como la mía, con restos de tierra
entremezclada con la transpiración. Era hora de comer, del baño y de ir a la cama,
aunque estuviéramos en vacaciones. Eran las reglas.
- Uno más, dije. Armemos una tanda más. Nada era suficiente para mí en ese
momento.
No fue difícil convencer a Manuel. Se sentía el padre de la creatura y no iba a permitir
que su discípulo quedara solo. Así, nos pusimos a preparar esa última tanda de
lanzamientos. Ya estábamos baqueanos, ya nos sentíamos veteranos de guerra
preparando el último abordaje al barco enemigo. Y así, casi en trance, en silencio,
cargábamos nuestros imaginarios trabucos. Repetí el ritual meticulosamente, llene
completamente el hueco con la pólvora, apreté mi dedo y gire la tuerca. De ahí en
más, la luz enceguecedora de un relámpago y su explosión me tiraron hacia atrás, y caí
aturdido, creo que de espaldas. Eso fue lo último que me acuerdo de ese fatídico día.
Lo que sigue ya no lo recuerdo. Solo sé que me desperté esa noche en una cama de
hospital, con mi mano derecha en alto, colgando de un gancho que pendía sobre la
cama, cubierta hasta el codo con un grueso vendaje blanco de gasas. El color sangre y
mertiolate, marcaba claramente la zona afectada, la zona de mis dedos. Solo un par de
días después supe de la pérdida de mis dedos pulgar e índice. Y ya nada volvió a ser
igual. Ojala pudiera volver el tiempo atrás. No se puede. Solo estoy convencido de una
cosa. La vieja tenía razón.

4 sept. 2015