lunes, 22 de abril de 2019


Cuento

Y Tito se animó

Eran  tiempos difíciles, la pucha si eran difíciles. Primer año no era nada fácil. De golpe habíamos pasado de tener pocas materias y una señorita a un montón de materias diferentes y varios profesores y profesoras. No, no eran tiempos fáciles. La vida avanza como un tren imparable que va cruzando estaciones raudamente. Y la pre adolescencia estaba en su máxima expresión en nosotros. Y claro, lo que para un chico de catorce es un drama existencial, no era nada en comparación con la realidad que vivía el país en esos años. Corría 1973, año de convulsiones sociales, políticas, económicas, y para peor, de violencia que iba escalando dramáticamente. Eran épocas donde la guerrilla desafiaba todos los límites, derribando todos los muros de la lógica y la cordura. Por esos meses habían ocurrido una sucesión importante de amenazas reales y no reales de bombas a colegios. Si, a colegios! Donde estudian chicos absolutamente inocentes  y maestros cumpliendo tareas casi sacras. Nosotros, sumidos en esa difícil etapa donde angustias y temores florecían frente a estos cambios pedagógicos y metodológicos, no éramos ajenos a los comentarios preocupados de nuestros padres y a las noticias que siempre sonaban en el televisor a la hora del almuerzo. Y mientras nosotros disfrutábamos y padecíamos esa edad de cambios drásticos y diversiones inocentes, los adultos se sumían en el estupor y la angustia de ver a su país que se iba sumiendo en una realidad oscura, anárquica, violenta, riesgosa.
-  Goma! Vení!  Grité en el recreo al Gnomo, compañero desde jardín de infantes y hermano de la vida. Era  el recreo largo de media mañana de un viernes de mayo. De lejos lo vi mientras terminaba de comer una bolsa de tutuca mirando una competencia de yo-yo entre otros amigos. Se vino esquivando grupitos de compañeros que conversaban, corrían, pateaban chapitas, y cambiaban figuritas en animadas negociaciones. Porque el campeonato metropolitano estaba que ardía y las figuritas capitalizaban el entusiasmo de los chicos por el futbol.
 - Tengo una idea le dije. Estábamos aburridos, abrumados, con el cansancio propio de los días viernes, cierre de semana. Porque los chicos también nos abrumábamos, aunque por motivos más banales que los adultos. Todavía nos quedaba terminar la mañana y las clases de la tarde. Porque los días escolares terminaban a la 17 hs. Entre las 12 y las 14 hs nosotros volvíamos a casa porque éramos del barrio y vivíamos cerquita del colegio. A las 14 hs. entrabamos de nuevo, aunque los viernes nuestro curso entraba a la segunda hora de la tarde.
-  que te pasa Pomelo? Me dijo. Porque ese era el apodo de turno que había ligado luego que el peluquero, con un corte al ras, le había dado a mi cara una apariencia de redondez absoluta.
- Escuchame goma, ya se me ocurrió como rajarnos temprano esta tarde. Tengo una idea. Vamos al baño. Porque el baño era el lugar sagrado donde se dirimían las cosas importantes. Allí se planeaban las rateadas colectivas, los más grandes se iniciaban en el vicio del cigarrillo, se hablaba de chicas. En fin, para los más avanzados, era un lugar liberado donde podían expresarse libremente en esa edad sagrada del amiguismo. Llegamos al baño, estaban tres o cuatro grandotes de quinto año, con sus barbas incipientes  y su voz gruesa. Esperamos que salieran, no era bien visto que los interrumpiéramos, y nos metimos al fondo. Eran esos baños grises, de mesadas oscuras, lavatorios tipo piletas de lavar ropa, con una fila de mingitorios larga y varios boxes individuales, con paredes que no llegaban al techo, con inodoros donde uno se entregaba a los ritos milenarios de las urgencias fisiológicas.
-  Escuchame bien… esto no falla. Hoy nos rajamos a las dos y media!
- Pará boludo! De que me estás hablando? Porque tanto misterio? Vas a afanar un banco? Me preguntó jocoso con esa cara de turro que tenía. Porque éramos pícaros, quilomberos, pero no jodidos. Éramos de molestar, de divertirnos, pero jamás de faltar el respeto. Nuestros viejos nos cocinaban si pasábamos la raya, así nomás, sin concesiones.
- Contame que carajo estás pensando, me insistió. Yo estaba en silencio, repasando mentalmente mi plan, y tratando de darle forma para poder transmitírselo.
- Escuchame bien, repetí. Tengo un plan para rajarnos temprano. Estoy muerto. No veo la hora de volver a casa y rajar para el club. Porque esa tarde nos tocaba club. El resto de la semana, después del cole, el club era la calle, arcos con ladrillos en la cancha que armábamos en plena calle donde los autos estacionados nos dejaban huecos. Con partidos interminables, donde la imaginación épica volaba del Camp Nou al Giusseppe Meazza, de la Bombonera al Monumental, del Maracaná a Wembley. Partidos interrumpidos permanentemente por el paso de autos y colectivos que obligaban a congelar la jugada y reanudarla, todo con increíble precisión, hasta que la luz pitaba el silbato final y nos expulsaba a sentarnos en el cordón de la vereda y reponer fuerzas en charlas de imaginación infinita, mientras bajábamos pulsaciones y la transpiración se iba secando, preparando el regreso a casa donde nos esperaba la temida orden de ir a la ducha y ponerse el pijama.
- Habla de una vez chancho!  Me dijo el Gnomo medio desconcertado por mi silencio.
- La tengo…. Salimos al medio día, almorzamos rápido y volvemos rajando al cole. Nos encontramos en la puerta, armamos una bomba con ladrillos y papel de diario, la metemos en el baño de mujeres del primer piso, y listo! Evacuan el colegio y suspenden las clases! Así nos rajamos tranquilos a casa. Qué te parece? Soy un genio, agregué, orgulloso de mi ingenio.
- Vos sos o te hacés? Estás en pedo? Disparó el Gnomo. Tenés fiebre… y amagó con poner su mano en mi frente como hacen nuestras madres frente a esa posibilidad.
- No tarado, es un plan perfecto. Volví a repasar los lineamientos secuenciales del plan. El Gnomo me escuchaba con expresión entre pícaro, excitado y asustado, enmarcado en esa cara lampiña que denunciaba nuestra edad prepuberal.
-  No puede fallar, aseguré, intentando darle entidad de genialidad a mi plan. En ese momento sonó la campana. Porque en el colegio había campana, no timbre. Salimos luego de acordar discutirlo en el recreo corto de las once y de paso meditarlo.
- No puede fallar, insistí ni bien entramos al baño nuevamente. Agarramos dos ladrillos de la obra de mitad de cuadra, traemos papel de diario y piolín de casa, hacemos el paquete y lo entramos hasta el baño. Tenemos entre las dos y las tres menos cuarto para movernos. Facilísimo. Por entonces no había ningún tipo de control en la puerta del colegio. El viejo Tomás, el portero histórico, solo estaba de a ratos y solo había que esperar que fuera a hacer alguna de sus múltiples tareas dejando desierta la entrada. El Gnomo se entusiasmó y ya introdujo en el plan algunos detalles importantes que a mí se me habían escapado. Porque ya de chico era muy detallista el tipo. Acordamos el plan y volvimos a clase al terminar el recreo. La ansiedad y el entusiasmo iban en aumento.
Salimos a almorzar con la promesa de encontrarnos  la una y media en la puerta del colegio. Ahí estaba siempre Omar, el pochoclero que estacionaba su triciclo carrito color naranja, con amplios vidrios laterales y techo de madera, repleto de pochoclo, manzanitas acarameladas, garrapiñada, naranjitas brinco, chicles yum-yum y otras delicias que nosotros disfrutábamos casi a diario. Claro que muchas veces lo hacíamos bajo la modalidad de fiado, generando cada tanto, una abultada deuda que debía ser cancelada por nuestras madres sin ahorrar los retos correspondientes. Retos que recibíamos generalmente bajo la mirada cómplice de Omar, que muchas veces y para salvarnos, nos cobraba la mitad de lo gastado. Porque así era el tipo, un romántico de la vida, apasionado de pedalear el barrio con su carrito pochoclero, repartiendo alegrías y disfrutando sonrisas de chicos ilusionados con sus golosinas.
Y allí legamos a la hora señalada, puntuales como nunca, listos para ejecutar lo planeado. Nos sentíamos James Bond encarando una de sus misiones imposibles.
-  Vamos, dije a secas. El Gnomo me siguió a la par. Caminamos nerviosos hasta la obra de la calle estrada, donde se apilaban en la entrada arena y ladrillos, en forma desordenada. Agarramos nuestro material bélico y seguimos caminando hasta dar vuelta la esquina y quedar a resguardo de la puerta del colegio, una cuadra atrás. Nos apoyamos en una verja baja de ladrillos que cerraba un jardín muy prolijo, y allí comenzamos a armar nuestra imaginaria bomba. Envolvimos prolijamente los ladrillos con varias hojas del diario “La prensa”, que era el que se leía en casa.  Atamos meticulosamente el paquete cruzando  los hilos  en el centro del mismo, lo introdujimos en la valija del Gnomo y volvimos al colegio rápidamente. La entrada estaba muy concurrida. Estaban llegando muchos compañeros porque casi era la hora de entrada. Nosotros teníamos un  rato más producto de la hora libre inicial. Nos quedamos charlando con Omar de fútbol. Boca, nuestro equipo, era la sensación ese año. Sánchez, Pernía, Rogel, Mouzo, Potente, Curioni y otros titanes que encarnaban nuestras fantasías, eran las estrellas del momento. Omar era fana de River, así que nos trenzamos, como siempre, en bromas, cargadas y chichoneos típicos de los futboleros. Sánchez o Perico Pérez, Alonso o Potente, Jota Jota López o el chino Benítez, el puma Morete o el cordobés Curioni. Y así se fueron pasando los minutos. Cuando ya no había nadie en la puerta, y con la tensión al límite, nos escabullimos juntos dentro del colegio, subiendo por la escalera de atrás. Porque había una escalera principal que subía hasta el tercer piso y pasaba frente a secretaría, dirección y sala de maestros, y una escalera de atrás que también iba hasta el tercer piso. Esta escalera posterior pasaba, en cada descanso de piso, por la puerta de los baños tanto de varones como de mujeres. Cruzamos el patio cerca de una de las paredes laterales para no ser tan evidentes, y subimos raudamente la escalera. Estábamos agitados, más por la excitación que nos provocaba la picardía que íbamos a hacer, que por la demanda física de subir de a dos escalones por vez. Llegamos al segundo piso y enfilamos al baño de mujeres, con la seguridad que no había nadie ya que las clases habían comenzado hacía pocos minutos. Igualmente nos paramos en la puerta, golpeamos suavemente para que se escuche solamente allí, y entramos sigilosamente. Nos fuimos al primer box y colocamos el prolijo paquete debajo y detrás del inodoro. Había un ligero charquito de agua producto de una pérdida del depósito de agua, algo habitual en aquellos baños. Una vez que nos percatamos que el paquete estaba escondido pero visible, salimos rápidamente y bajamos las escaleras corriendo a mayor velocidad que en la subida. La ansiedad y la excitación nos empujaban a salir rápidamente. Luego de percatarnos que el viejo Tomás no estaba en su posición, lo cual hubiera despertado sospechas, salimos rápidamente buscando el aire fresco que nos indicaba que nuestro plan ya estaba en marcha. La bomba ya estaba en posición. Volvimos a charlar un ratito con Omar. Obviamente nadie más que nosotros dos estaba al tanto de  nuestra obra maestra. Pasaron los minutos y se acercaba nuestra hora de entrada. Nos quedaban veinte minutos para terminar el plan. Ahora había que avisar, consumar el plan. Habíamos planeado llamar desde el teléfono público del almacén de don Manuel, justo en la esquina frente al colegio. Pero no todo plan es perfecto. Olvidamos traer monedas para hacer la llamada. Porque en esa época los teléfonos públicos funcionaban con monedas. Pedirle a Omar era una alternativa, pero podía comprometernos. Los minutos pasaban y la ansiedad y los nervios aumentaban. Además había que hablar delante de los clientes porque el teléfono estaba contra una pared sin cabina. Abortar el plan comenzó a ser una alternativa.
- Que hacemos Gnomo? Pregunté nervioso. Mi posición de líder hasta ese momento, empezaba a resquebrajarse, dudaba. El Gnomo pensaba, estaba concentrado. Maquinaba.
- Ya sé! Me dijo de golpe, entusiasmado. Tito! Vamos a lo de Tito…
Tito era un compañero nuestro y amigo, era de la barra, incondicional. Y casualmente vivía enfrente al colegio, a 30 metros de la entrada.
- Sos un turro! Cómo se te ocurrió pensar en Tito? Hasta tiempo después no supe que el muy guacho estaba embalado con su hermana, por eso lo tenía tan presente. Pero reconozco que fue una salida brillante, propia de un tipo con recursos como es él. Partimos rápidamente a lo de Tito, cruzando la calle de adoquines, y tocamos timbre. Justo salía Margarita, su madre. Nos conocía bien porque nuestras madres eran amigas de la Parroquia.
-  Qué hacen chicos? Preguntó con su sonrisa habitual.
-  Nada, por ir al cole, buscando a Tito.
- Pasen, está en su cuarto preparando las cosas para el cole. Allí fuimos a paso rápido, conteniendo las piernas que querían correr.
-  Tito! Gritó el Gnomo, tratando de llamar la atención de la casa.
- Que hacen nabos? Pregunto alegremente, porque el tipo había sacado el carácter de su madre. Nabos era un apodo genérico que usábamos en forma canchera para saludarnos.
-  Tenés que darnos una mano Tito, dijo el Gnomo. Necesitamos el teléfono.
Dada la situación, nos sentimos en la obligación de explicarle el motivo, y por ende todo el plan, cosa que el Gnomo, liderando ahora la pandilla, hizo con lujo de detalles. Pandilla que por el azar y la impericia crecía con un nuevo integrante. Porque Tito se sumo inmediatamente, fascinado por el audaz plan, y entusiasmado con evitar el colegio esa tarde. Bajamos las escaleras los tres en fila, la tensión se hacía sentir.
El teléfono negro, yacía en su esquina, en  silencio, con su tubo cruzado descansando sobre la horquilla, a la espera de llamadas. O de que lo saquen de su letargo levantando el tubo y destrabando la horquilla que daba inicio al tono de llamada. Y con su dial giratorio, en forma de rueda, que anunciaba con un ruido característico el movimiento de cada número discado. Allí estábamos los tres, frente al aparato. Nos miramos con el Gnomo.
- Llama vos Pomelo! Me dijo abruptamente. Me quedé paralizado en ese instante. Llamar al colegio, recién caía, era absolutamente necesario para materializar el plan. Me corrió un frío intenso por la espalda y se me nubló la mente.
- Yo no! Habla vos que tenes labia, atine a decirle al Gnomo. Porque el tipo tenía labia en serio. Su cara empalideció y dudó. Tito escuchaba atrás nuestro y entendió la situación.
- Yo llamo! Dijo excitado y con una sonrisa pícara que cruzaba su cara. Estaba consumando así su ingreso a la pandilla, su participación en el plan. Obviamente no habíamos tenido todo esto en cuenta con el Gnomo. Se nos iba de las manos el control del plan. Pero asentimos sin decir nada, no había opción, y nos corrimos dándole paso a ese valiente. Las cosas no siempre son como uno las planea. No siempre. Y los errores de improvisación se pagan caros.  Porque habíamos planificado todos los detalles. El gnomo era detallista. Pero claro, no era nuestro oficio ser guerrilleros. Y esto de poner la voz para amenazar excedía nuestra valentía y nuestra osadía. Pero no la de Tito. Dió el paso al frente que dan los valientes en situaciones críticas, tomó el tubo del teléfono, lo levantó con decisión y me miró con determinación.
- Cuál es el número del colegio? Preguntó con firmeza. Baldazo de agua fría. Desconcierto. Otro detalle no previsto, habíamos omitido este importante dato. Y en esa época había solo dos caminos para conseguir un número telefónico. O la guía telefónica o la libreta índice de teléfonos de la casa.
- Tito, la guía… dijo el gnomo con nerviosismo. Rápidamente buscamos la guía, que normalmente estaba junto al teléfono. No en lo de Tito. Alguno de sus nueve hermanos, o varios de ellos, se habían encargado de transformar la guía en un recuerdo. Vaya a saber dónde o cómo, pero ya no existía.
- La libre… la libreta… titubeó el Gnomo. Ahí quizás. Rápidamente Tito volvió el tubo a su posición original y comenzó a buscar la libreta de teléfonos de Margarita. Debe haber abierto 10 cajones de 3 muebles distintos. Nada. Fue a la cocina. Nosotros ya paladeábamos el amargo de la frustración y la desazón. Nuestro plan iba al fracaso y la consecuencia era ir a clases indefectiblemente. Lo vimos volver sonriente, con aire de triunfo, con un cuaderno de tapa negra rígida raída, rota en un costado. Se sentó en la silla al lado del teléfono y comenzó a pasar las hojas del cuaderno humedeciéndose el dedo índice con la lengua. Estaba destruido el cuaderno, pero aún prestaba sus servicios. Era un cuaderno índice con 3 páginas por letra. Y allí apareció en la “C”. Colegio. Estábamos salvados, o eso al menos creíamos. Tito tomó nuevamente el tubo, se lo calzó entre el hombro y la oreja derecha, manteniendo las dos manos liberadas, mientras sostenía el cuaderno con su mano izquierda y comenzaba a discar con el dedo índice derecho. Hacía girar el dial sucesivamente, enganchando el dedo en cada agujero que correspondía a un número, según la secuencia que iba leyendo. Nosotros  estábamos a la expectativa, mirándolo concentrados en cada uno de sus movimientos. Terminó de discar, y quedó a la espera de que lo atiendan del otro lado. Se escuchaba salir del auricular del tubo el ruido característico de cada timbre de llamada. Sonaba y nadie atendía. No siempre había gente en secretaría entre horas. Otro detalle. No todo sale como uno quiere.
- Colegio, buenas tardes… Cortó el silencio la voz del otro lado de la línea. Era Carlos Román, jefe de celadores y conocido nuestro por ser jefe de acción católica de la parroquia, a donde concurríamos todos los fines de semana. Tito respiró, hizo una larga pausa que obligo a Román a repetir el saludo, y se despacho con su frase detonante…
- JJJJJRrajeeeeen que pusimos una bomba! Le tiro en forma cortante y seca, impostando la voz para hacerse pasar por un rudo guerrillero. Y lo dijo así. Tuvo que usar esa palabra, justo esa, que contiene esa marca registrada suya que no lo acomplejaba en nada. Así nomás….. JJJJJRrajeeeeen!!!! Porque no nos habíamos acordado que al tipo le patinaba la R, desde siempre. Era su sello personal. El único de todo el colegio. No nos habíamos percatado de ese detalle. No señor!. No todo sale como uno lo piensa. Y luego de disparar esa frase seca y amenazante colgó sin más, sin esperar la reacción de Román.
Ahora en el colegio ya estaban al tanto de la grave situación, estaban avisados. Solo debíamos esperar.  No sabíamos cómo seguía la cosa, pero empezamos a aflojarnos de la tensión acumulada. Faltaban cinco minutos para que toque la campana de la segunda hora. Salimos rápidamente los tres hacia el colegio, el Gnomo y yo algo ansiosos, Tito absolutamente relajado y con su sonrisa a pleno. Nos paramos un ratito a hablar con Omar, disimulando nuestra ansiedad, a la espera de la campana de ingreso. Pasaron los cinco minutos, y otros cinco, y nada. Algo estaba pasando ahí adentro, pero fuera del colegio nadie sabía absolutamente nada de la grave amenaza en curso. Y sin sonar el timbre, la puerta se abrió rápidamente, y el viejo Tomas apareció abriendo la segunda hoja de la puerta de par en par. Y en seguida aparecieron en fila y en forma ordenada una sucesión de chicos con sus profesores que salían  tranquila y despreocupadamente del colegio hacia la calle, un curso atrás de otro. Las caras conocidas empezaban a desfilar ininterrumpida e interminablemente frente a nuestros ojos. Estaban evacuando el colegio. Si. Estaba ocurriendo lo que habíamos buscado. A pesar de los inconvenientes, el plan estaba saliendo de acuerdo a lo previsto. Román, parado al costado de la puerta supervisaba la salida de los alumnos con evidente cara de tensión y de angustia. La llamada de tito había hecho mella en su persona. Perfecto. El resto salía en forma alegre y tranquila. Evidentemente pocos sabían de la amenaza y estaban evacuando sin haber explicado la situación para evitar pánico. Pero no todo sale como uno quiere.
-  Vengan para acá!! Escuchamos una voz seca y autorizada a nuestras espaldas. Nos dimos vuelta y vimos pegado a nosotros al padre Jorge, rector del colegio y temido por todos nosotros por su disciplina estricta y su justicia implacable. Lo conocíamos bien porque era amigo de nuestros padres.
-  Vengan para acá! Repitió. Lo seguimos callados y ordenadamente. Nos fue así llevando hasta una oficina de recepción que hay al costado de la entrada del colegio. Cerró la puerta, se paró delante de nosotros tres y comenzó a mirarnos uno por uno. A los ojos. Hasta el alma. La eternidad se hizo presente en esa oficina. El silencio comenzó a hacer mella en nuestra confianza, la incomodidad se palpaba.
-  Qué hacían en la puerta del colegio desde tan temprano? Preguntó con esa precisión quirúrgica que lo caracterizaba. Y fue más incisivo aún… Porque no estaban en sus casas en ese horario?
Se nos vino el mundo encima…. Yo, que era más encarador, contesté inmediatamente y con la voz más firme que podía conseguir.
-  Nosotros no fuimos! Disparé.
-  No fueron qué? Contestó inmediatamente el agudo Rector con firmeza. Algo no sonaba bien en su tono.
-  Nosotros no pusimos la bomba!!! Dije confirmando mi respuesta e intentando  deslindar cualquier responsabilidad frente a este vandálico hecho. Inmediatamente la cara del rector se aflojó levemente, esbozo una leve mueca como intentando una sonrisa macabra.
-  Qué bomba? Preguntó en forma irónica, saboreando el jaque mate que tenía delante de sus ojos. Cómo saben que pusieron una bomba en el colegio? Ya era evidente que algo no cerraba en la explicación de los hechos. El silencio se escuchaba mientras el cura nos escrutaba con sus ojos profundos mirando de a uno por vez, y de arriba abajo. Era un fusilamiento virtual. Solo atiné a contestar, en una precaria forma de auto defensa, y tratando de ser convincente.
-  Lo escuchamos recién padre…
-  Que extraño… retrucó con su autoridad intacta. Vean alumnos… Es muy extraño, porque nadie sabía nada.
-  Alguien por teléfono llamó pasando un mensaje extraño, algo así como que había una bomba y que había que evacuar el colegio. Mandé a Román a revisar los baños y allí vió un elemento sospechoso. Yo le ordené ir curso por curso avisando que debían bajar inmediatamente, sin explicaciones. Solo él y yo sabíamos la causa real. Retírense ahora y vuelvan con sus cursos por favor, nos dijo en tono ya más conciliador.
Nos conocía bien ya que era amigo de nuestros padres. Abrió la puerta y nos hizo salir. Estoicamente caminamos hacia la salida sin mirar al cura, nuestra dignidad no nos lo permitía. Solamente alcanzamos a escuchar a lo lejos su voz, como queriendo que lo escuchemos, que decía…
-  Además es extraño, al tipo que llamó le patinaba la R… Es muy extraño!,  y cerró la puerta esbozando una sonrisa.
Cinco minutos después  empezaron a entrar todos de nuevo al colegio y las clases se reanudaron. Obviamente con nosotros adentro. Subimos las escaleras con la cabeza gacha, contando escalones, saboreando el amargo de la frustración y con un gran temor a ser sancionados si se avanzaba con la investigación del grave hecho. Llegamos al curso, nos acomodamos en nuestros bancos.
- Saquen una hoja alumnos…

3 Sept. 2015

viernes, 30 de octubre de 2015

Cuento. 
No es cierto que uno nace una sola vez en la vida

No es cierto que uno nace una sola vez en la vida. No es cierto. O en realidad si es cierto… pero no es cierto. Y la cosa me daba vueltas en la cabeza como un remolino que gira y gira en ese interminable firulete de volteretas que se dibuja graciosamente con el polvo. Justo yo, que soy medio duro a todo lo que tiene que ver con estos temas. Pero si, ahora sé que se puede nacer de nuevo. Claro, no se nace de la panza de la madre así como así, no. No se revive el ciclo físico de la vida viniendo húmedo y desnudo a esta vida, que se me ocurre que a un bebe le debe sonar más que hostil luego de dejar el habitáculo materno. Claro, si de golpe el tipo estaba tranquilo, nadando en la cálida pileta del seno materno, y se desata así como así una tormenta incomprensible. Tormenta que lo deposita, luego de pasar por un canal estrecho que lo aprieta, le quita el aire y hasta le deja moretones, en manos de un desconocido de rostro cubierto con una tela verde que le esconde la mitad de la cara. Porque eso es el parto original, el primer nacer. Una sensación de bocanada fresca, limpia, profunda, que inunda los pulmones y aclara la mente, que solo ocurre luego de ese tremendo trance que es el trabajo materno de ponernos de cara a la vida. Así, sin más. Chau. Te vas afuera y te haces cargo de tu vida. Y luego, uno, de a poco, aprende a mamar, a comer, a caminar, a hablar. Y cuando estás en el mejor de los mundos, mimado y lleno de cariños, chau. Otra vez a remarla. Al colegio. Al Parroquial del barrio. Y ahí caras nuevas, maestra, deberes, escribir, leer. Y créanme que a mí me costó. Tengo una leve dislexia que hizo que todo sea más lento y más trabajoso en esa temprana etapa de aprendizaje. Y cuando uno ya se hizo amigos, aprendió a domar los libros, a tomarle el tiempo al profesor, a saber cuándo estudiar y pedir pasar para ganarse una nota alta que equilibre el boletín, chau. Otra vez a remarla. A la universidad. Porque mi viejo me mataba si no estudiaba. Maniático el tipo. No cabía en mi casa la posibilidad de no tener un título. Nada. A la facultad. Y justo a mí, que me costaba. Pero ahí fui, sin muchas chances pero sin otra alternativa. Estudiaba o no sé. No sé si me rajaban de casa, pero creo que lo pensé un poco y hasta dudé. Pero no era de pensar mucho, bajaba la cabeza e iba para adelante. Así me había enseñado el remo, deporte que practicaba desde los 12 años por obra y gracia de mi tío Marcelo, que había sido timonel olímpico. Y el remo te enseña a darle para adelante, fijarte un punto y darle con todo. Te duele todo pero dale para adelante, te falta el aire pero dale para adelante. Sin alternativas. Como mi vida. Y así, como por descarte, decidí que me gustaba ingeniería civil. Justo yo que era un poco lento se me ocurre estudiar ingeniería civil. Siempre me gustó jugar con los Rasti, o con el mecano. Mi tío Osvaldo era ingeniero, y él nos regalaba estos juegos de construir. Pobre tío Osvaldo. Siempre quiso alguien que siguiera sus pasos. Porque era soltero el tipo. Soltero alegre y ocupado, siempre nos decía eso. Y obviamente sin hijos. Porque en esa época era impensado traer hijos al mundo sin el casorio de por medio. Y por esas cosas del destino, justo yo, el más duro de mi familia, me decido a estudiar ingeniería. Y allí fui. Claro, la naturaleza no perdona, pero a veces da concesiones. Y tardé unos años más en recibirme, pero terminé y recibí mi título de ingeniero civil. Todos hacían la carrera en seis u ocho años. Yo tardé catorce. Pero créanme que no fueron catorce años de joda, no. Fueron catorce años de mucho estudio, mucho esfuerzo, muchas horas de encierro, muchas frustraciones y algunas alegrías. Y claro, a veces sentía que me entregaba. Siete veces matemática uno, ocho veces física de materiales, seis veces caminos dos. Y en el resto, salvo en algunas pocas, siempre hice doblete. Porque ya les dije que era medio corto. Pero el remo, de nuevo el remo, me llevó. Así como los remos llevan un bote a cruzar la meta, así llegué finalmente al título.
Ya no era un purrete, 32 años. Y la Nancy, que era mi novia desde los 18, me esperó pacientemente. Porque era muy paciente ella, muy recatada. Siempre creí que ella no quería casarse, porque de eso no hablábamos, pero bastó que me dieran el titulo. Chau. Nos casamos 6 meses después de recibir mi diploma. Y a remarla de nuevo. Yo, que quería disfrutar un poco de la vida profesional en soltería y emular a mi tío Osvaldo, de golpe y porrazo me encontré con el anillo en mi dedo anular izquierdo. Y sí, a remarla de nuevo. Porque no fueron tiempos fáciles aquellos. La hiperinflación, la inestabilidad laboral, el dólar, la 1050, y no sé cuantas cosas más. Porque cuando me casé estaba flojo de trabajo, solo changas de algunos planos y cálculos de casas particulares, alguna que otra instalación eléctrica de obra, porque yo me daba maña con eso. Siempre escuché que lo que Dios te quita de un lado te lo da por el otro. Y a mí me quitó en mi aprendizaje pero me dio en habilidades manuales. Muchas veces nos quedaba largo el mes para el magro sueldo. Y Nancy era de las de antes. Atender al marido y a la familia era la prioridad. A pesar de su titulo en corte y confección. Bien educadita ella en antiguos mandatos. Mandatos que uno recibió sin mucha explicación y que no se permitía cuestionarlos. Así, yo sólo era el que paraba la olla. Y la remábamos, mira que la remábamos. Fueron años duros, lindos pero duros.
Un par de años después de casarnos nacieron, así como así, Lucio, Mariano y Osvaldo. Trillizos. Chau. Justo cuando habíamos aprendido a manejar nuestro magro presupuesto familiar para dos personas, aparecen los trillizos para destrozar las matemáticas financieras de la casa. La Nancy se cuidaba con pastillas creo, digo creo porque no me lo decía y yo no preguntaba. De eso no se hablaba. Resabio de la educación paterna. Y no sé qué pasó, le erró el viscachazo a la pastilla o vinieron falladas. No sé. Pero chau. A remarla de nuevo. Cuando el doctor nos dio la noticia fue un baldazo de agua fría, porque todavía no queríamos, y eso que no éramos tan jóvenes. Pero todavía no queríamos. Era uno de los pocos mandatos que no habíamos respetado, y justo ese que no habíamos respetado se viene a cumplir. Se nos vino el alma al suelo. Porque un hijo es una bendición, dos hijos son una gran bendición y tres hijos son una tremenda bendición.  Pero no todos juntos. No a nosotros que la remábamos todos los meses para llegar al 25 del mes comiendo carne y postre, y del 25 al 30 solo fideos y arroz. Porque Nancy no era muy hábil en los menesteres de distribuir bien el sueldo. Todo hasta que se acababa y después nada. Pero era así. Y yo bajaba la cabeza y remaba. Como lo hacía de joven en el río Lujan. Tres hijos de golpe era una bendición teñida de tragedia. Tragedia criolla. Y nos pasamos 7 meses pensando cómo hacer para aumentar el ingreso y ahorrar para atender a los tres. Yo quería 3 varones, porque los varones son mas trabajosos de chicos, pero de grandes dan menos problemas. Se conforman con un vaquero solamente y un par de zapatillas. No piden mucho. Las mujeres, en cambio, son tranquilas de chiquitas pero cuando se ponen coquetas, en la adolescencia, son más gastadoras. No pueden usar un solo jean, un solo vestido, un solo par de zapatillas. No. Necesitan casi una prenda de cada rubro por día de salida, que luego de la adolescencia son 3 o 4 a la semana. Y yo pensaba todo esto y me angustiaba. Pero dios quiso que fueran varones. Tres varones, gemelos, iguales en lo físico pero no en su forma de ser.
Mi vida fue un remar permanente. Íbamos juntando algunos ahorros, a veces me salían obras más grandes que me permitían hacer alguna diferencia más importante que servía para guardar un poco para soñar algo más grande. Porque mas allá de la vida diaria, el sueño de la casa propia lo teníamos, otro mandato paterno. Hasta que decidimos comprar un lotecito y luego de remar unos años hacernos la casa. Chau. Ahí empezaron los problemas más serios. Yo creí haber vivido apretado, pero cuando empecé mi casa entendí lo que era estar apretado. No hay plata que alcance. Porque yo había planificado toda la obra y cada etapa, sus costos, los ahorros. Como pagarla. A mitad de la obra pedía un crédito y con eso llegaba a la obra fina, y allí había reservado en un plazo fijo el dinero suficiente para terminar la casa. Porque era previsor, y prefería asegurarme el final, no sea cosa que el banco se mancara con el préstamo, en cuyo caso paraba la obra a la espera de tiempos mejores, pero con un dinero en el banco para enfrentar cualquier eventualidad de la vida.  Y al mudarnos, con el ahorro del alquiler pagaba la cuota del crédito. Todo redondo. Pero no calculé la crisis del 89. Cómo iba a calcularla? Y se vino la híper, el dólar voló, los costos de la construcción, que siguen mucho al dólar, se fueron a las nubes. Y encima mis ahorros puestos a plazo fijo quedaron pulverizados por el aumento descomunal del dólar y la inflación. Una debacle. Y chau. Me quedé sin plata mucho antes de lo previsto. Me comí el crédito del banco y todavía no había llegado a las tres cuartas partes de la casa. Y ni soñar con mudarnos. No estaba lista ni para jugarnos la heroica y cambiarnos así. Se me hundía el bote. Ya ni los remos me quedaban.
Y para complicar más mi historia, una tarde, en medio de mi debacle financiera, me llama el gerente del banco, que debo decir que hasta ahí se había portado muy bien dándome cuanto descubierto y financiación de cheques podía darme, aun a costa de su pellejo. Porque el tipo se jugaba por mí, me conocía y sabía que yo era un tipo de fierro. Medio duro para aprender pero de fierro. Otro mandato paterno. El tipo me pide que por favor cubra el abultado descubierto de mi cuenta en un par de días porque había auditoria en el banco y yo estaba muy pasado en mi acuerdo de sobregiro. Justo en ese momento, donde ya no quedaba un cobre partido el tipo se me manca, tira la toalla, me aprieta. Debo ser justo, no me apretaba porque quería, el tipo se estaba jugando la cabeza porque me había autorizado a costa de él, sobregiros que el banco no me autorizaba. Y se le venía la maroma si yo no cubría. Justo en ese momento. Los planetas se alineaban para hundir mi bote. Pero yo seguía remando. No sabía cómo, pero seguía. Y llamé a un amigo que tenía y a veces me cambiaba cheques a fecha que me daban los clientes. Porque la cosa estaba brava y cada vez me pateaban los pagos a plazos más largos. Y justo mi amigo, el salvador, estaba de viaje. Chau pensé. Hasta acá llegue. Pero sin entregarme, llame a mi tío Osvaldo para pedirle un préstamo y hacer frente al menos al banco y evitar que ruede la cabeza del gerente amigo. Porque eso me angustiaba. La casa me angustiaba, pero peor era jorobarlo al tipo que se había jugado por mí. Y no podía creer escuchar al tío Osvaldo contándome cómo todos sus ahorros quedaron atrapados en el tristemente famoso plan Bonex de Menem. Seco había quedado el pobre Osvaldo. Al menos era solo y no tenía familia que alimentar. Pero una vida de laburo pendía ahora de una jugarreta del gobierno para quedarse con los ahorros de la gente confiada como él. Y de nuevo la nada, la soledad mas sola que podía sentir frente a la necesidad y a la angustia de  no poder cumplir. Porque encima había que pagar al final de esa semana, como todos los viernes de semana, a los obreros que estaban haciendo la casa. Porque los tipos cobraban todos los viernes la semana, a la vieja usanza. Y eso era su puchero y el de su familia. Y no podía no cumplirles. Y eso me atormentaba.
Así estaba la noche esa, miércoles creo que era, estaba solo, en el living de nuestra casita sencilla pero prolija, de barrio pero digna. Estaba solo, como casi siempre en estas situaciones. Porque Nancy no era de aguantar demasiada presión en lo económico. No le gustaba saber que no había, y esa presión me la comía yo solo, en la soledad mas solitaria que uno puede imaginar. Porque una cosa es compartir a medias y otra es no compartir nada de estas angustias. Y Nancy estaba durmiendo a los trillizos, preparando sus ropas para el colegio, planchando alguna camisa. Porque no le gustaba acostarse sola, siempre me esperaba hasta que yo llegara a la cama. Y así estaba yo esa noche, sumergido en mi bote, imaginando una remada ardua, con el agua entrando al bote, semi hundido con el agua casi al nivel del agua del río, pero yo seguía remando. Siempre fui de usar imágenes en mi mente para meditar problemas o para evadirme en momentos tensos.
Y ahí estaba esa noche, en una evasión rara, hundiéndome en el río. Ese río que muchas veces disfrutaba, al verme deslizarme sobre su superficie con movimientos rítmicos y perfectos que no generaban ni una salpicadura de las palas de los remos. Pero me hundía implacablemente. La luz tenue del living se mimetizaba con mi angustia y teñía todo de la palidez de mi alma. Porque todo mi ser se hundía. Mi vida, mi proyecto de casa propia, la ilusión de la seguridad del techo para mi familia, mi autoestima, el honor de fallar en mi palabra de compromiso empeñada con el gerente del banco. Todo se iba a pique. Quizás suene exagerado, pero créanme que mi vida completa se iba por un agujero negro. En el agujero más oscuro de mi angustia y por esos raros mecanismos del cerebro, se me ocurrió pensar en Dios. Y mi mente aletargada se enfoco en El. Y rápidamente afloró un rosario de reclamos y de demandas. No estabas siempre conmigo? No era que eras un padre bueno que no se olvidaba de sus hijos? Porque así nos había enseñado el padre Hugo, maestro de primer grado del colegio parroquial del barrio. Dónde estás ahora? Está claro que yo no había sido muy prolijo con las cosas de Dios. Mi última misa fue un mes después de la primera comunión, y de eso hacia como 30 años. Nos casamos por iglesia, mandato paterno, bautizamos los hijos, mandato paterno. Y hasta ahí nomás. No, no había sido muy prolijo. Pero bueno, Dios es bueno me había dicho el padre Hugo y me lo había confirmado muchas veces la señorita Azucena, maestra de catequesis vitalicia del colegio. Y uno se agarra con Dios, con quien más uno se las puede agarrar? Si el que había pifiado en los cálculos y en las previsiones había sido yo. Pero es un mecanismo de defensa buscar chivos expiatorios. Y Dios es un excelente chivo expiatorio. Te escucha y no contesta. O al menos no se aparece. Así estaba esa noche. Hundido en el sillón mullido de tapizado raído, enfrascado en mis reclamos al responsable eterno de nuestros males. Si bien pasaron ya muchos años de aquella noche, la memoria es clara. Un golpe seco me volvió del trance. Me sobresalté. Agudicé mis sentidos para confirmar si no era solo parte de mi hipnosis depresiva de raíces angustiosas. Sonaron nuevamente, esta vez tres golpes seguidos. Eran golpes secos en la gruesa madera de la vieja puerta de entrada. No tenía idea quién podía ser a esa hora. Porque eran casi las diez y media de la noche. Y encima diez y media de una fría noche de invierno, que es como si fueran la una de la mañana. Rápidamente me arrimé a la puerta con cierto temor, no esperaba a nadie a esa hora.
 -  Quién es? Pregunté casi balbuceando.
Porque no había mirilla por donde mirar a quien llamaba a la puerta. Tenía temor de escuchar la respuesta. Rápidamente mi cabeza prendió la alarma. Algún accidente pensé, el viejo se murió, la vieja, quien sabe. En seguida, del otro lado escuché la voz familiar de Juan Pablo que se anunciaba. Un viejo amigo del barrio con el cual nos veíamos esporádicamente, y con quien compartíamos algún asado o alguna salida dominguera cada tanto. Que le pasa a éste? pensé rápidamente. No sabe que son las diez y media y que en una casa de familia ya son horas de dormir?
 -  Cómo andas pibe? me preguntó, trayéndome a la realidad antes de yo poder abrir la puerta. Porque yo no atinaba a encontrar el ojo de la cerradura con la llave, estaba saliendo de mi letargo interrumpido por esta inoportuna e inesperada visita. Logré abrir la puerta, allí lo vi, parado con su Montgomery clásico cerrado hasta el cuello y envuelto en un bufanda ancha, tipo escocesa. Porque era friolento el tipo.   
 -  Pasa le dije, todavía medio adormecido. Nos saludamos con afecto, como siempre. Hablamos pocos minutos, me preguntó por la obra y otras cosas menores. Yo no me animé a contarle la verdad. No estaba de ánimo para hacerlo. Era bastante reservado y no era de compartir estas angustias o problemas con amigos y menos con él, que no era de los más íntimos.
 -  Voy al grano, me dijo. Tengo quince mil dólares de dos terrenos que heredé y acabo de vender, y no voy a usarlos hasta dentro de un año. El banco no me paga nada por depósitos en dólares y  pensé que quizás te podían venir bien en el final de la obra.
Me quedé atónito mirándolo unos segundos. Rápidamente me recompuse para que no se diera cuenta de mi emoción. No soy de los que les gusta mostrarse emotivo. Contesté que me interesaba, que me vendrían bien si él no los necesitaba. No podía hablar mucho más. Mi cabeza era un torbellino de ideas y mi corazón una explosión de emociones.
 -  Bueno pibe, perfecto, me dijo sacando un sobre abultado de papel marrón. Te dejo la plata, usala tranquilo y en un año me la devolvés. Confió en vos plenamente y sé que está segura en tus manos.
Tomé el sobre, le agradecí profundamente y lo acompañé hasta la puerta. Lo despedí con los saludos habituales y cerré la puerta despacio, mirando el sobre que aún estaba cerrado en mi mano izquierda. Luego de cerrada la puerta, me apoyé de espaldas en ella, mirando hacia la nada, y se me llenaron los ojos de lágrimas en forma espontánea. Con mucha vergüenza levanté mi mirada al cielo, que era obviamente el cielo raso pero al cual lo traspasaba imaginariamente, y entre sollozos balbucee unas tímidas gracias. Como con temor de un chico que siente que ha recibido un cariñoso cachetazo paterno por una travesura. Jamás sentí como ese día la presencia de Dios, jamás sentí como ese día la santísima providencia en su máximo esplendor. Justo ese día, donde minutos antes había despotricado contra Dios y Maria Santísima. Justo ese día, donde después de tantos años de olvido, se me había ocurrido acordarme de Dios, en términos poco amistosos.
 -  Golpeó alguien la puerta? preguntó Nancy desde el lavadero.
 -  Nadie… eran ruidos de la calle, contesté entre confundido y emocionado.
Y entonces me acordé del padre Hugo cuando nos decía que siempre tuviéramos Fe, que Dios no se olvida aunque no lo busquemos, que ni el rey salomón jamás había estado tan bien vestido como las aves del cielo y las flores del campo, que no cosechan ni trabajan, y aun así Dios las cuida. Me vinieron tantas cosas a la cabeza que ya no recuerdo el detalle. Solo recuerdo que lloré un rato, mi angustia devino en agradecimiento, mi soledad en paz. Solo recuerdo que en ese momento entendí que había vuelto a nacer, una vez más. Ahí entendí que sí, es cierto, uno no nace una sola vez en la vida. Ahí entendí que uno pasa por muchos partos en el arduo camino de la vida, que uno vuelve a revivir después de la oscuridad, de los dolores, de las angustias, de las encrucijadas. Que Dios siempre está. Y que uno renace con más sabiduría, con más amor, con más empatía. Ahí entendí que uno no nace una sola vez en la vida. Quizás varias. Ahí entendí.


Ago 2015   

lunes, 27 de septiembre de 2010

Cuento.
La vieja tenía razón 
Juan M. Baeck

La vieja tenía razón. Había que ser obedientes. Pero cuando uno es chico no entiende.
La curiosidad y los desafíos son muy fuertes. Demasiados. Y ahora es tarde. Ya no hay
vuelta atrás. Cada día de mi vida que siguió a ese día me repetí una y otra vez porque
tenía que darle una vuelta más. Si me lo habían dicho. Porque? Y no es que Manuel no
fuera prudente, era muy prudente. Y me lo había advertido. Pero yo era osado,
desafiaba límites. Buscaba siempre un poco más. Estaba en mi esencia. Y la naturaleza
no perdona. Como no perdonó mi curiosidad de esos días frente al regalo tremendo
que los reyes magos le habían hecho a Manuel.
Éramos amigos desde muy chicos, desde que la razón te permite acordarte y
decodificar las relaciones para clasificarlas en categorías. Y Manuel era un amigo. Vivía
a media cuadra de casa y nuestras familias eran muy amigas. Así que nos vimos casi
desde que nacimos. Y el tipo era medio genio, medio científico, medio artista. Era
diferente, de fútbol nada. Y a esa edad, lo nuestro era la pelota, tarde tras tarde. Y eso
hacía que nuestra relación fuera selectiva, de a ratos.
Pero ese juego de química fue un imán, una atracción irresistible, que generó en mí
una curiosidad tremenda que me llevo a olvidarme en esos días de la pelota.
Pasábamos horas detrás de ensayos y de pruebas increíbles, que arrojaban nubes de
colores, olores nauseabundos, y otras reacciones que fascinaban nuestra imaginación.
Hasta logramos comprobar, siguiendo las instrucciones de los manuales que proveía el
juego, que el aceite era más liviano que el agua. Claro, cualquiera dirá, que novedad!
Pero a los 10 años uno no está en esos detalles. Uno va al cole, le hablan de Colón, de
San Martín, le obligan a aprender nombres de capitales, le enseñan a sumar y restar, y
te torturan con las tablas de multiplicar. Porque a quien no lo torturaron con las tablas
esas. A mí me mataba la tabla del siete, todavía hoy me cuesta aún siendo ya abogado.
Y a esa edad uno se desespera por agarrar la calle y darle a la pelota hasta que te gana
el cansancio. Y lo más cerca que uno quería estar de la lectura era hojeando el gráfico
para ver las fotos y los esquemas que te indicaban, con lujo de detalles, como había
sido la jugada del gol de tu equipo. Porque la lectura aún no era el fuerte nuestro.
Y tuvo que ser el genio de Manuel quien frotara la lámpara para que apareciera esa
idea formidable. Porque a esa edad era una genialidad. No sé de donde el tipo averiguo 
como se fabricaba la pólvora. Si, la pólvora. Ese invento milenario que los chinos 
manejaban con tanta sapiencia.
- Te animas a hacer pólvora?, me preguntó esa tarde de enero. Era una tarde de calor
agobiante, típicas de Buenos Aires. Calor que hacia hervir el cemento y se perpetuaba
hasta altas horas de la noche.
- Anda… dejate de hinchar! Como vamos a hacer pólvora? le contesté casi al unísono,
esbozando una leve sonrisa con aires de gastada.
El tipo se rió, con su inocencia infantil. Bajo ese flequillo rubio sus ojos brillaban de
picardía. Sacó del manual del juego de química una hoja blanca con letras negras
chiquitas, y entonces alcancé a ver el titulo… “Capítulo 6. Como fabricar pólvora”.
Guau! Era verdad, no estaba bromeando.
- En serio me lo decís? Se puede? Mi imaginación ya volaba, y mi osadía no me prendía
ninguna alarma en mi mente. Así era yo, inconsciente total.
- Claro, acá esta todo. Me contestó rápidamente, con cierto aire de superioridad
científica. Porque le tipo era un capo para mí. Yo era más básico, más elemental. Pero
él era de avanzada en menesteres de la ciencia y las artes.
Leí rápidamente el papel y mi entusiasmo comenzó a enfriarse. Clorato de algo decía,
azufre en barra y carbón vegetal.
- De donde sacamos estas cosas? Porque el juego de química no traía nada de eso
obviamente. Quién en su sano juicio iba a suponer que dos chiquilines iban a ponerse a
fabricar pólvora?
Pero Manuel era un tipo previsor, planificaba. Ya lo dije, era un adelantado, pichón de
genio.
- Azufre le saque a Mamá, me dijo. Y me mostró dos barritas de azufre, de esas que se
usan para curar la tortícolis, ese dolor tan molesto que cada tanto nos aquejaba. Te
pasaban la barrita por el cuello un rato y si se rompía era porque había absorbido el
aire que te endurecía el cuello. Algo así era la explicación científica que esgrimían los
viejos de la época. Nunca supe si esa explicación tenía validez científica, pero creo que
funcionaba.
- El carbón lo saque de la carbonería de la esquina. Agregó.
A solo metros de su casa había una carbonería muy vieja de barrio, de los Zucchi era,
unos italianos que vendían además de carbón, leña, postes, alambre y no sé cuantas
cosas más. Era un galpón desordenado y sucio, con un espacio enorme justo en la
esquina donde se amontonaba la leña y los postes.
Y ahí creí que el tipo ya se desmoronaba, se le terminaba el verso. De donde iba a
sacar el clorato de no sé qué? Pero casi al unísono con mi pensamiento agregó con
aires de firmeza,
- El clorato de potasio se lo compre a Don Weismann. Y su sonrisa se expandió en la
seguridad de haber cantado Jaque mate, cartón lleno.
Weismann era el farmacéutico del barrio y dueño de la farmacia que estaba a la vuelta
de casa, a la que concurríamos asiduamente. En esa época la farmacia oficiaba de sala
de primeros auxilios. Allí nos recibía paternalmente Don Weismann para hacernos las
primeras curaciones de lastimaduras, cortes, golpes, y otras consecuencias de los
arriesgados juegos que a esa edad practicábamos con la barrita de amigos de la
cuadra. Y si ameritaba alguna curación mayor, derivarnos a donde correspondiera.
Porque ya dije que éramos temerarios y con bastante poca conciencia del peligro.
Pero no hay duda, el tipo era un genio. A los 10 años ya tenía todo planificado y había
conseguido todos los ingredientes. Solo faltaba poner manos a la obra.
Todavía me acuerdo y me sigo preguntando porque me quedé ese día atrapado en
este audaz proyecto. Porque no haber ido esa tarde, con el resto de los chicos, al
habitual picado en la canchita de la calle estrada, programa bastante más acorde con
la edad que teníamos. Los años pasaron rápido, pero la vivencia es fuerte aún. Cada
vez que intento rasgar las cuerdas de mi guitarra me acuerdo de esa tarde. Es un
seguro de recuerdo, no falla.
La vieja, que obviamente nos conocía, ya estaba sospechando de alguna picardía en
proceso. Eran muchas las horas encerrados en lo de Manuel. No era habitual que
faltara a los picados, y menos por tantos días.
- Cuidadito con andar haciendo travesuras por ahí, dijo esa mañana mirándome con
aire de intriga. Ojo que los conozco! Que no me entere! Se puso seria como para darle
un mayor tono de advertencia.
Y las madres son sabias. Tienen ese sexto sentido que te engancha aún antes de hacer
las macanas. Te leen la mente, te escudriñan la cabeza. Y cada vez que te advierten,
zas! Pasa. Así de simple. Y en este caso no fue la excepción.
Nos pusimos manos a la obra, rayamos azufre, pulverizamos carbón, y mezclamos
despacio y metódicamente cada uno de estos ingredientes, formando así el
característico polvo grisáceo. Todo con el mayor de los cuidados, porque sabíamos que
podíamos hacer cagadas dentro de la casa con esto.
Pero eso no era todo. Que íbamos a hacer con la pólvora? hasta ahí yo ni me
cuestionaba el tema. Petardos no podíamos hacer, no sabíamos cómo. Pero ya dije, el
tipo era un genio. Pero un genio en serio.
No sé de dónde había escuchado que si llenaba con pólvora el orificio que queda en la
tuerca a medio enroscar de un bulón, y la compactaba bien, al tirar el bulón al aire y
éste chocar contra el hormigón de la calle, se producía la chispa que detonaba un
explosión fuertísima. No sé de donde lo saco, pero hay que reconocer que era un tipo
de recursos. Y no solo había investigado esta técnica, sino que ya había averiguado
donde conseguir los bulones. Es más , ya los tenía. Ya lo dije, era un tipo de avanzada.
Mientras nosotros jugábamos a la pelota, la tarde previa a ese memorable día, Manuel
se había ido en bici hasta la vía abandonada del ferrocarril mitre, en la estación Borges.
Allí había juntado 3 ó 4 bulones, de los que en esa época yacían tirados a la vera de los
durmientes producto de la reparación de las vías. Porque ese ramal estaba cerrado a
pasajeros, pero dos veces por día pasaba el tren que llevaba carbón a tigre para la
usina eléctrica de entonces. El tipo tenía todo planeado y a medio ejecutar ya. Un
verdadero talento. Un adelantado.
Y rápidamente lanzó el plan. Ni bien cayera la tarde, y las sombras ganaran las calles,
nos íbamos a la vuelta, par de cuadras hacia el río, lejos de nuestras casas y de intrusos
que husmearan y nos delataran. Porque la idea era hacer explotar varias veces
nuestros temidos bulones, de manera de ir perfeccionando la técnica. Obviamente,
nunca lo habíamos hecho antes, así que la ansiedad nos ganaba. El tiempo parecía
detenido, el sol parecía congelarse en lo alto del cielo. No bajaba nunca. Entre charlas,
tele y algún mandado pedido por Quita, mamá de Manuel, se nos fue la tarde y el sol
comenzó a esconderse, alargándose las sombras, requisito previo a su desaparición. Y
así cayó la esperada noche. Estábamos en vacaciones, así que no había demasiado
control de horarios y la hora de la comida se estiraba a la espera que bajara un poco la
temperatura. Raudamente partimos llevando la bolsa transparente que dejaba
traslucir perfectamente el macabro polvo gris. En las manos, los cuatro bulones con
sus respectivas tuercas cada uno. Y con la ilusión intacta de lograr explotar esos
tornillos largos y oxidados, donde costaba enroscar las tuercas, de por si viejas y
maltrechas. Y así llego el momento. Nos acomodamos bajo la luz tenue de un farol de
calle, esas farolas puestas en la mitad de la calle cada 20 ó 30 metros, y que penden de
un cable que cruza de un poste a otro. Así estábamos, sentados en el cordón de la
vereda, con las piernas desnudas y abiertas para dejar el espacio suficiente para
trabajar sobre el cemento de la calle, en la preparación de cada disparo. Porque era
época y edad de pantalones cortos. Lentamente y con extrema concentración,
llenamos cada uno sus bulones con la pólvora perfectamente mezclada, perfectamente
amalgamada. Manuel dirigía la batuta, yo me sentía su discípulo.
- Chequea que la tuerca esté bien afirmada, con una sola vuelta de rosca, y llená con
pólvora, despacio, el agujero que queda... Disparó el jefe como si supiera.
- Le diste sólo una vuelta a la tuerca? Preguntó tenso.
- Si. Contesté secamente. Estaba muy concentrado en mi tarea y no quería cometer
errores.
- Ahora apretala bien con el dedo gordo, compactala bien. Hizo una pausa, como
quien da cátedra. Ya está? Me preguntó.
Asentí con un movimiento de cabeza. Sentía una gota húmeda que recorría la sien
derecha e iba bajando por delante de la oreja. Estábamos todos transpirados. Parte
por el calor de enero y parte por la ansiedad que nos envolvía.
- Ahora viene lo mas crítico, me dijo, y su voz se tensó mas.
Ahora que lo pienso, parecía un adulto en su forma de proceder. Recuerdo cada uno
de sus palabras. Todavía las recuerdo y me pregunto porque no le hicimos caso a la
vieja. Y muy serio completo la frase,
- Dale un cuarto de vuelta de rosca al tornillo, así se aprieta más la pólvora. Esto, me
dijeron, los hace explotar más fuerte. Pero ojo, no te pases, porque puede hacer chispa
y explotar. Me dijeron que es raro pero puede pasar.
No me miraba cuando hablaba, mantenía su vista firme en su bulón. Por otro lado la
luz tenue de la farola obligaba a forzar la vista para no perder detalle.
Pero su última frase hizo mella en mi confianza, y encendió una clara alarma en mi
estómago, que recuerdo se tenso levemente. Obedecí sin hablar, conteniendo el aire.
Tampoco lo miraba, mi vista estaba fija en la tuerca oxidada de mi bulón. Giré
levemente la tuerca hacia la derecha con el dedo pulgar apretando la pólvora. Se
movió ásperamente. Juro que sentí un pequeño chirrido, seguramente del material
oxidado. Pero quien sabe, quizás era mi propia ansiedad que me hacía imaginar eso. El
silencio en la cuadra era llamativo, no habían pasado casi autos en ese tiempo. Quizás
era por la hora, o porque estábamos en vacaciones. Quizás casualidad. Quién sabe.
- Listo, dijo Manuel.
Y se paró con sus dos bulones preparados. Porque el tipo era rápido. En el tiempo que
yo había hecho uno, el tipo ya había armado sus dos bulones. Dejé mi segundo bulón
apoyado en el cordón. No estaba cargado. Caminamos hasta el centro de la calle, bajo
la luz de la farola, y yo tomé la iniciativa. Revoleé para arriba mi bulón cargado, con un
movimiento de muñeca que le imprimió una trayectoria parabólica alta, girando sobre
sí mismo como un tirabuzón. Pasaron unos pocos segundos que para mi fueron una
eternidad, y desde la oscuridad subyacente percibimos un fogonazo seguido de una
fuerte explosión. Seca e intensa. Inmediatamente sentimos el olor característico de la
pólvora quemada. Casi no respirábamos, conteniendo el aliento ante el desenlace.
Inmediatamente corrimos hasta el lugar para recuperar el artefacto y evaluar su
estado. Recuerdo entre sombras la cara de Manuel. Estaba radiante, con una sonrisa
amplia que llenaba su cara, rápidamente rompió en exclamaciones de júbilo. Nos
abrazamos como quien gana la copa del mundo. Porque era todo un logro para
nosotros. No salíamos de nuestro asombro.
Inmediatamente Manuel repitió la maniobra con sus bulones y así repetimos dos series
de explosiones más, de variada intensidad. Evidentemente no todos explotaban de la
misma manera. No había dudas, era todo una ciencia y estábamos dispuestos a
desenmascararla. Quizás tenía que ver con la compactación de la pólvora, con su
mezclado que hacía que las distintas partidas de la bolsa no fueran homogéneas, o
bien con el giro de la tuerca que le daba a la pólvora una mayor penetración entre los
metales. Habíamos logrado detonar nuestros aparatos. La emoción era marcada. La
recuerdo muy bien.
Ojala hubiéramos dejado las cosas allí. Pero éramos osados, desobedientes, queríamos
más, no medíamos riesgos. Preparamos nuevamente nuestras municiones, casi
imaginándonos ser bucaneros cargando sus trabucos antes del abordaje de la nave
enemiga. Porque así era el ritual. Llenar con pólvora, lenta y completamente, el hueco
que dejaba la tuerca del bulón enroscada levemente en el tornillo. Compactarlo con el
dedo pulgar y luego cuidadosamente, con movimientos suaves, apretar la tuerca con el
dedo pulgar encima, dando un cuarto de giro a la misma.
Así, estuvimos un rato lanzando nuestras armas y generando todo tipo de explosiones.
Estábamos absortos en cada uno de los nuevos descubrimientos que nos permitían
mejorar y dominar, más y más, la técnica. Cada tanto algún vecino se asomaba con
curiosidad, porque ya habían pasado varios días desde año nuevo y ya nadie jugaba
con petardos. Los ladridos de los perros de la cuadra nos inquietaban, porque no
dejaban de ser inesperados delatores, y temíamos que desencadenaran el final de
nuestra experiencia por presión de algún vecino alarmado. O peor aún, que algún
vigilante de la comisaría Primera, a escasas 4 cuadras de allí, se apersonara ante las
sospechosas detonaciones.
- Vamos, ya es tarde. Ya deben estar por comer en casa, me dijo Manuel. Su cara
estaba sucia, pegoteada, seguramente como la mía, con restos de tierra
entremezclada con la transpiración. Era hora de comer, del baño y de ir a la cama,
aunque estuviéramos en vacaciones. Eran las reglas.
- Uno más, dije. Armemos una tanda más. Nada era suficiente para mí en ese
momento.
No fue difícil convencer a Manuel. Se sentía el padre de la creatura y no iba a permitir
que su discípulo quedara solo. Así, nos pusimos a preparar esa última tanda de
lanzamientos. Ya estábamos baqueanos, ya nos sentíamos veteranos de guerra
preparando el último abordaje al barco enemigo. Y así, casi en trance, en silencio,
cargábamos nuestros imaginarios trabucos. Repetí el ritual meticulosamente, llene
completamente el hueco con la pólvora, apreté mi dedo y gire la tuerca. De ahí en
más, la luz enceguecedora de un relámpago y su explosión me tiraron hacia atrás, y caí
aturdido, creo que de espaldas. Eso fue lo último que me acuerdo de ese fatídico día.
Lo que sigue ya no lo recuerdo. Solo sé que me desperté esa noche en una cama de
hospital, con mi mano derecha en alto, colgando de un gancho que pendía sobre la
cama, cubierta hasta el codo con un grueso vendaje blanco de gasas. El color sangre y
mertiolate, marcaba claramente la zona afectada, la zona de mis dedos. Solo un par de
días después supe de la pérdida de mis dedos pulgar e índice. Y ya nada volvió a ser
igual. Ojala pudiera volver el tiempo atrás. No se puede. Solo estoy convencido de una
cosa. La vieja tenía razón.

4 sept. 2015