Cuento.
No es cierto que uno nace una sola vez en la vida
No es cierto que
uno nace una sola vez en la vida. No es cierto. O en realidad si es cierto…
pero no es cierto. Y la cosa me daba vueltas en la cabeza como un remolino que
gira y gira en ese interminable firulete de volteretas que se dibuja
graciosamente con el polvo. Justo yo, que soy medio duro a todo lo que tiene
que ver con estos temas. Pero si, ahora sé que se puede nacer de nuevo. Claro,
no se nace de la panza de la madre así como así, no. No se revive el ciclo
físico de la vida viniendo húmedo y desnudo a esta vida, que se me ocurre que a
un bebe le debe sonar más que hostil luego de dejar el habitáculo materno.
Claro, si de golpe el tipo estaba tranquilo, nadando en la cálida pileta del
seno materno, y se desata así como así una tormenta incomprensible. Tormenta que
lo deposita, luego de pasar por un canal estrecho que lo aprieta, le quita el
aire y hasta le deja moretones, en manos de un desconocido de rostro cubierto
con una tela verde que le esconde la mitad de la cara. Porque eso es el parto
original, el primer nacer. Una sensación de bocanada fresca, limpia, profunda,
que inunda los pulmones y aclara la mente, que solo ocurre luego de ese
tremendo trance que es el trabajo materno de ponernos de cara a la vida. Así,
sin más. Chau. Te vas afuera y te haces cargo de tu vida. Y luego, uno, de a
poco, aprende a mamar, a comer, a caminar, a hablar. Y cuando estás en el mejor
de los mundos, mimado y lleno de cariños, chau. Otra vez a remarla. Al colegio.
Al Parroquial del barrio. Y ahí caras nuevas, maestra, deberes, escribir, leer.
Y créanme que a mí me costó. Tengo una leve dislexia que hizo que todo sea más
lento y más trabajoso en esa temprana etapa de aprendizaje. Y cuando uno ya se
hizo amigos, aprendió a domar los libros, a tomarle el tiempo al profesor, a
saber cuándo estudiar y pedir pasar para ganarse una nota alta que equilibre el
boletín, chau. Otra vez a remarla. A la universidad. Porque mi viejo me mataba
si no estudiaba. Maniático el tipo. No cabía en mi casa la posibilidad de no
tener un título. Nada. A la facultad. Y justo a mí, que me costaba. Pero ahí
fui, sin muchas chances pero sin otra alternativa. Estudiaba o no sé. No sé si
me rajaban de casa, pero creo que lo pensé un poco y hasta dudé. Pero no era de
pensar mucho, bajaba la cabeza e iba para adelante. Así me había enseñado el
remo, deporte que practicaba desde los 12 años por obra y gracia de mi tío Marcelo,
que había sido timonel olímpico. Y el remo te enseña a darle para adelante,
fijarte un punto y darle con todo. Te duele todo pero dale para adelante, te
falta el aire pero dale para adelante. Sin alternativas. Como mi vida. Y así,
como por descarte, decidí que me gustaba ingeniería civil. Justo yo que era un
poco lento se me ocurre estudiar ingeniería civil. Siempre me gustó jugar con
los Rasti, o con el mecano. Mi tío Osvaldo era ingeniero, y él nos regalaba
estos juegos de construir. Pobre tío Osvaldo. Siempre quiso alguien que
siguiera sus pasos. Porque era soltero el tipo. Soltero alegre y ocupado,
siempre nos decía eso. Y obviamente sin hijos. Porque en esa época era
impensado traer hijos al mundo sin el casorio de por medio. Y por esas cosas
del destino, justo yo, el más duro de mi familia, me decido a estudiar
ingeniería. Y allí fui. Claro, la naturaleza no perdona, pero a veces da
concesiones. Y tardé unos años más en recibirme, pero terminé y recibí mi título
de ingeniero civil. Todos hacían la carrera en seis u ocho años. Yo tardé
catorce. Pero créanme que no fueron catorce años de joda, no. Fueron catorce años
de mucho estudio, mucho esfuerzo, muchas horas de encierro, muchas frustraciones
y algunas alegrías. Y claro, a veces sentía que me entregaba. Siete veces matemática
uno, ocho veces física de materiales, seis veces caminos dos. Y en el resto,
salvo en algunas pocas, siempre hice doblete. Porque ya les dije que era medio
corto. Pero el remo, de nuevo el remo, me llevó. Así como los remos llevan un
bote a cruzar la meta, así llegué finalmente al título.
Ya no era un
purrete, 32 años. Y la Nancy, que era mi novia desde los 18, me esperó
pacientemente. Porque era muy paciente ella, muy recatada. Siempre creí que
ella no quería casarse, porque de eso no hablábamos, pero bastó que me dieran
el titulo. Chau. Nos casamos 6 meses después de recibir mi diploma. Y a remarla
de nuevo. Yo, que quería disfrutar un poco de la vida profesional en soltería y
emular a mi tío Osvaldo, de golpe y porrazo me encontré con el anillo en mi
dedo anular izquierdo. Y sí, a remarla de nuevo. Porque no fueron tiempos
fáciles aquellos. La hiperinflación, la inestabilidad laboral, el dólar, la
1050, y no sé cuantas cosas más. Porque cuando me casé estaba flojo de trabajo,
solo changas de algunos planos y cálculos de casas particulares, alguna que
otra instalación eléctrica de obra, porque yo me daba maña con eso. Siempre
escuché que lo que Dios te quita de un lado te lo da por el otro. Y a mí me
quitó en mi aprendizaje pero me dio en habilidades manuales. Muchas veces nos
quedaba largo el mes para el magro sueldo. Y Nancy era de las de antes. Atender
al marido y a la familia era la prioridad. A pesar de su titulo en corte y
confección. Bien educadita ella en antiguos mandatos. Mandatos que uno recibió
sin mucha explicación y que no se permitía cuestionarlos. Así, yo sólo era el
que paraba la olla. Y la remábamos, mira que la remábamos. Fueron años duros,
lindos pero duros.
Un par de años
después de casarnos nacieron, así como así, Lucio, Mariano y Osvaldo.
Trillizos. Chau. Justo cuando habíamos aprendido a manejar nuestro magro
presupuesto familiar para dos personas, aparecen los trillizos para destrozar
las matemáticas financieras de la casa. La Nancy se cuidaba con pastillas creo,
digo creo porque no me lo decía y yo no preguntaba. De eso no se hablaba.
Resabio de la educación paterna. Y no sé qué pasó, le erró el viscachazo a la
pastilla o vinieron falladas. No sé. Pero chau. A remarla de nuevo. Cuando el
doctor nos dio la noticia fue un baldazo de agua fría, porque todavía no
queríamos, y eso que no éramos tan jóvenes. Pero todavía no queríamos. Era uno
de los pocos mandatos que no habíamos respetado, y justo ese que no habíamos
respetado se viene a cumplir. Se nos vino el alma al suelo. Porque un hijo es
una bendición, dos hijos son una gran bendición y tres hijos son una tremenda
bendición. Pero no todos juntos. No a
nosotros que la remábamos todos los meses para llegar al 25 del mes comiendo
carne y postre, y del 25 al 30 solo fideos y arroz. Porque Nancy no era muy
hábil en los menesteres de distribuir bien el sueldo. Todo hasta que se acababa
y después nada. Pero era así. Y yo bajaba la cabeza y remaba. Como lo hacía de
joven en el río Lujan. Tres hijos de golpe era una bendición teñida de
tragedia. Tragedia criolla. Y nos pasamos 7 meses pensando cómo hacer para
aumentar el ingreso y ahorrar para atender a los tres. Yo quería 3 varones,
porque los varones son mas trabajosos de chicos, pero de grandes dan menos
problemas. Se conforman con un vaquero solamente y un par de zapatillas. No
piden mucho. Las mujeres, en cambio, son tranquilas de chiquitas pero cuando se
ponen coquetas, en la adolescencia, son más gastadoras. No pueden usar un solo
jean, un solo vestido, un solo par de zapatillas. No. Necesitan casi una prenda
de cada rubro por día de salida, que luego de la adolescencia son 3 o 4 a la
semana. Y yo pensaba todo esto y me angustiaba. Pero dios quiso que fueran
varones. Tres varones, gemelos, iguales en lo físico pero no en su forma de
ser.
Mi vida fue un
remar permanente. Íbamos juntando algunos ahorros, a veces me salían obras más
grandes que me permitían hacer alguna diferencia más importante que servía para
guardar un poco para soñar algo más grande. Porque mas allá de la vida diaria, el
sueño de la casa propia lo teníamos, otro mandato paterno. Hasta que decidimos
comprar un lotecito y luego de remar unos años hacernos la casa. Chau. Ahí
empezaron los problemas más serios. Yo creí haber vivido apretado, pero cuando empecé
mi casa entendí lo que era estar apretado. No hay plata que alcance. Porque yo
había planificado toda la obra y cada etapa, sus costos, los ahorros. Como
pagarla. A mitad de la obra pedía un crédito y con eso llegaba a la obra fina,
y allí había reservado en un plazo fijo el dinero suficiente para terminar la
casa. Porque era previsor, y prefería asegurarme el final, no sea cosa que el
banco se mancara con el préstamo, en cuyo caso paraba la obra a la espera de
tiempos mejores, pero con un dinero en el banco para enfrentar cualquier
eventualidad de la vida. Y al mudarnos, con
el ahorro del alquiler pagaba la cuota del crédito. Todo redondo. Pero no
calculé la crisis del 89. Cómo iba a calcularla? Y se vino la híper, el dólar voló,
los costos de la construcción, que siguen mucho al dólar, se fueron a las
nubes. Y encima mis ahorros puestos a plazo fijo quedaron pulverizados por el
aumento descomunal del dólar y la inflación. Una debacle. Y chau. Me quedé sin
plata mucho antes de lo previsto. Me comí el crédito del banco y todavía no
había llegado a las tres cuartas partes de la casa. Y ni soñar con mudarnos. No
estaba lista ni para jugarnos la heroica y cambiarnos así. Se me hundía el
bote. Ya ni los remos me quedaban.
Y para complicar más
mi historia, una tarde, en medio de mi debacle financiera, me llama el gerente del
banco, que debo decir que hasta ahí se había portado muy bien dándome cuanto
descubierto y financiación de cheques podía darme, aun a costa de su pellejo.
Porque el tipo se jugaba por mí, me conocía y sabía que yo era un tipo de
fierro. Medio duro para aprender pero de fierro. Otro mandato paterno. El tipo
me pide que por favor cubra el abultado descubierto de mi cuenta en un par de
días porque había auditoria en el banco y yo estaba muy pasado en mi acuerdo de
sobregiro. Justo en ese momento, donde ya no quedaba un cobre partido el tipo
se me manca, tira la toalla, me aprieta. Debo ser justo, no me apretaba porque
quería, el tipo se estaba jugando la cabeza porque me había autorizado a costa
de él, sobregiros que el banco no me autorizaba. Y se le venía la maroma si yo
no cubría. Justo en ese momento. Los planetas se alineaban para hundir mi bote.
Pero yo seguía remando. No sabía cómo, pero seguía. Y llamé a un amigo que tenía
y a veces me cambiaba cheques a fecha que me daban los clientes. Porque la cosa
estaba brava y cada vez me pateaban los pagos a plazos más largos. Y justo mi
amigo, el salvador, estaba de viaje. Chau pensé. Hasta acá llegue. Pero sin
entregarme, llame a mi tío Osvaldo para pedirle un préstamo y hacer frente al
menos al banco y evitar que ruede la cabeza del gerente amigo. Porque eso me
angustiaba. La casa me angustiaba, pero peor era jorobarlo al tipo que se había
jugado por mí. Y no podía creer escuchar al tío Osvaldo contándome cómo todos
sus ahorros quedaron atrapados en el tristemente famoso plan Bonex de Menem.
Seco había quedado el pobre Osvaldo. Al menos era solo y no tenía familia que
alimentar. Pero una vida de laburo pendía ahora de una jugarreta del gobierno
para quedarse con los ahorros de la gente confiada como él. Y de nuevo la nada,
la soledad mas sola que podía sentir frente a la necesidad y a la angustia
de no poder cumplir. Porque encima había
que pagar al final de esa semana, como todos los viernes de semana, a los
obreros que estaban haciendo la casa. Porque los tipos cobraban todos los
viernes la semana, a la vieja usanza. Y eso era su puchero y el de su familia.
Y no podía no cumplirles. Y eso me atormentaba.
Así estaba la
noche esa, miércoles creo que era, estaba solo, en el living de nuestra casita
sencilla pero prolija, de barrio pero digna. Estaba solo, como casi siempre en
estas situaciones. Porque Nancy no era de aguantar demasiada presión en lo económico.
No le gustaba saber que no había, y esa presión me la comía yo solo, en la
soledad mas solitaria que uno puede imaginar. Porque una cosa es compartir a
medias y otra es no compartir nada de estas angustias. Y Nancy estaba durmiendo
a los trillizos, preparando sus ropas para el colegio, planchando alguna camisa.
Porque no le gustaba acostarse sola, siempre me esperaba hasta que yo llegara a
la cama. Y así estaba yo esa noche, sumergido en mi bote, imaginando una remada
ardua, con el agua entrando al bote, semi hundido con el agua casi al nivel del
agua del río, pero yo seguía remando. Siempre fui de usar imágenes en mi mente
para meditar problemas o para evadirme en momentos tensos.
Y ahí estaba esa
noche, en una evasión rara, hundiéndome en el río. Ese río que muchas veces
disfrutaba, al verme deslizarme sobre su superficie con movimientos rítmicos y
perfectos que no generaban ni una salpicadura de las palas de los remos. Pero
me hundía implacablemente. La luz tenue del living se mimetizaba con mi
angustia y teñía todo de la palidez de mi alma. Porque todo mi ser se hundía.
Mi vida, mi proyecto de casa propia, la ilusión de la seguridad del techo para
mi familia, mi autoestima, el honor de fallar en mi palabra de compromiso empeñada
con el gerente del banco. Todo se iba a pique. Quizás suene exagerado, pero créanme
que mi vida completa se iba por un agujero negro. En el agujero más oscuro de
mi angustia y por esos raros mecanismos del cerebro, se me ocurrió pensar en
Dios. Y mi mente aletargada se enfoco en El. Y rápidamente afloró un rosario de
reclamos y de demandas. No estabas siempre conmigo? No era que eras un padre
bueno que no se olvidaba de sus hijos? Porque así nos había enseñado el padre Hugo,
maestro de primer grado del colegio parroquial del barrio. Dónde estás ahora? Está
claro que yo no había sido muy prolijo con las cosas de Dios. Mi última misa
fue un mes después de la primera comunión, y de eso hacia como 30 años. Nos
casamos por iglesia, mandato paterno, bautizamos los hijos, mandato paterno. Y
hasta ahí nomás. No, no había sido muy prolijo. Pero bueno, Dios es bueno me
había dicho el padre Hugo y me lo había confirmado muchas veces la señorita Azucena,
maestra de catequesis vitalicia del colegio. Y uno se agarra con Dios, con
quien más uno se las puede agarrar? Si el que había pifiado en los cálculos y
en las previsiones había sido yo. Pero es un mecanismo de defensa buscar chivos
expiatorios. Y Dios es un excelente chivo expiatorio. Te escucha y no contesta.
O al menos no se aparece. Así estaba esa noche. Hundido en el sillón mullido de
tapizado raído, enfrascado en mis reclamos al responsable eterno de nuestros
males. Si bien pasaron ya muchos años de aquella noche, la memoria es clara. Un
golpe seco me volvió del trance. Me sobresalté. Agudicé mis sentidos para
confirmar si no era solo parte de mi hipnosis depresiva de raíces angustiosas.
Sonaron nuevamente, esta vez tres golpes seguidos. Eran golpes secos en la
gruesa madera de la vieja puerta de entrada. No tenía idea quién podía ser a
esa hora. Porque eran casi las diez y media de la noche. Y encima diez y media
de una fría noche de invierno, que es como si fueran la una de la mañana.
Rápidamente me arrimé a la puerta con cierto temor, no esperaba a nadie a esa
hora.
- Quién
es? Pregunté casi balbuceando.
Porque no había
mirilla por donde mirar a quien llamaba a la puerta. Tenía temor de escuchar la
respuesta. Rápidamente mi cabeza prendió la alarma. Algún accidente pensé, el
viejo se murió, la vieja, quien sabe. En seguida, del otro lado escuché la voz
familiar de Juan Pablo que se anunciaba. Un viejo amigo del barrio con el cual
nos veíamos esporádicamente, y con quien compartíamos algún asado o alguna
salida dominguera cada tanto. Que le pasa a éste? pensé rápidamente. No sabe
que son las diez y media y que en una casa de familia ya son horas de dormir?
- Cómo
andas pibe? me preguntó, trayéndome a la realidad antes de yo poder abrir la
puerta. Porque yo no atinaba a encontrar el ojo de la cerradura con la llave,
estaba saliendo de mi letargo interrumpido por esta inoportuna e inesperada visita.
Logré abrir la puerta, allí lo vi, parado con su Montgomery clásico cerrado hasta
el cuello y envuelto en un bufanda ancha, tipo escocesa. Porque era friolento
el tipo.
- Pasa
le dije, todavía medio adormecido. Nos saludamos con afecto, como siempre. Hablamos
pocos minutos, me preguntó por la obra y otras cosas menores. Yo no me animé a
contarle la verdad. No estaba de ánimo para hacerlo. Era bastante reservado y
no era de compartir estas angustias o problemas con amigos y menos con él, que no
era de los más íntimos.
- Voy
al grano, me dijo. Tengo quince mil dólares de dos terrenos que heredé y acabo
de vender, y no voy a usarlos hasta dentro de un año. El banco no me paga nada
por depósitos en dólares y pensé que
quizás te podían venir bien en el final de la obra.
Me quedé atónito
mirándolo unos segundos. Rápidamente me recompuse para que no se diera cuenta
de mi emoción. No soy de los que les gusta mostrarse emotivo. Contesté que me
interesaba, que me vendrían bien si él no los necesitaba. No podía hablar mucho
más. Mi cabeza era un torbellino de ideas y mi corazón una explosión de
emociones.
- Bueno
pibe, perfecto, me dijo sacando un sobre abultado de papel marrón. Te dejo la
plata, usala tranquilo y en un año me la devolvés. Confió en vos plenamente y sé
que está segura en tus manos.
Tomé el sobre, le agradecí
profundamente y lo acompañé hasta la puerta. Lo despedí con los saludos habituales
y cerré la puerta despacio, mirando el sobre que aún estaba cerrado en mi mano izquierda.
Luego de cerrada la puerta, me apoyé de espaldas en ella, mirando hacia la
nada, y se me llenaron los ojos de lágrimas en forma espontánea. Con mucha
vergüenza levanté mi mirada al cielo, que era obviamente el cielo raso pero al
cual lo traspasaba imaginariamente, y entre sollozos balbucee unas tímidas gracias.
Como con temor de un chico que siente que ha recibido un cariñoso cachetazo
paterno por una travesura. Jamás sentí como ese día la presencia de Dios, jamás
sentí como ese día la santísima providencia en su máximo esplendor. Justo ese
día, donde minutos antes había despotricado contra Dios y Maria Santísima.
Justo ese día, donde después de tantos años de olvido, se me había ocurrido
acordarme de Dios, en términos poco amistosos.
- Golpeó
alguien la puerta? preguntó Nancy desde el lavadero.
- Nadie…
eran ruidos de la calle, contesté entre confundido y emocionado.
Y entonces me
acordé del padre Hugo cuando nos decía que siempre tuviéramos Fe, que Dios no
se olvida aunque no lo busquemos, que ni el rey salomón jamás había estado tan
bien vestido como las aves del cielo y las flores del campo, que no cosechan ni
trabajan, y aun así Dios las cuida. Me vinieron tantas cosas a la cabeza que ya
no recuerdo el detalle. Solo recuerdo que lloré un rato, mi angustia devino en
agradecimiento, mi soledad en paz. Solo recuerdo que en ese momento entendí que
había vuelto a nacer, una vez más. Ahí entendí que sí, es cierto, uno no nace
una sola vez en la vida. Ahí entendí que uno pasa por muchos partos en el arduo
camino de la vida, que uno vuelve a revivir después de la oscuridad, de los
dolores, de las angustias, de las encrucijadas. Que Dios siempre está. Y que
uno renace con más sabiduría, con más amor, con más empatía. Ahí entendí que uno
no nace una sola vez en la vida. Quizás varias. Ahí entendí.
Ago 2015
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